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Reproducción y cotidianeidad en un barrio pobre cordobés”[1]. Alicia B. Gutiérrez[2].
La gestión de lo cotidiano en familias de un barrio pobre
cordobés puede ser construida como un conjunto de prácticas sistematizadas
entre sí, que, como el conjunto de las posiciones que fundamentan las prácticas
y representaciones dentro de la unidad doméstica, están relacionadas con otras
prácticas y otras posiciones que ocupan –analizadas sincrónicamente y en su
trayectoria- otros agentes implicados en el proceso de gestión de las
estrategias de reproducción social de esas familias, tanto como de gestión de
su propia reproducción (grupos políticos, agentes del Estado en diferentes
niveles, ONG) En el marco global de varios sistemas de relaciones que
pueden construirse en torno a cierto capital social, de “gestión”, sistemas que
están estrechamente relacionados entre sí y que comprometen a esos agentes en
diferente grado, las familias generan internamente estrategias de gestión de su
cotidianeidad. Por razones de tiempo y de espacio, no pueden considerarse
aquí todos esos sistemas de relaciones. Por ello, en este trabajo, se
presentarán en primer lugar algunos aspectos generales de la investigación en
curso, y luego se hará hincapié, a través de la presentación de casos, en las
diferentes modalidades que puede cobrar uno de dichos sistemas: el que puede
construirse en torno a la gestión de los mecanismos de organización doméstica y
su relación con la estrategia habitacional implementada -individual o de
corresidencia-. Caracterización
de las familias. Los sistemas de relaciones
Las familias ponen en funcionamiento distintos mecanismos para llevar
adelante la tarea de vivir y sobrevivir dentro de las condiciones objetivas que
caracterizan la posición social que ocupan, tarea que les lleva a organizar
cotidianamente un conjunto de prácticas sistematizadas entre sí, que les permiten reproducirse socialmente, y
que son analizadas en su trayectoria. Este sistema de estrategias de
reproducción social adopta formas determinadas y diferenciadas según los
distintos factores, objetivos y simbólicos, que permiten explicarlo y
comprenderlo[3] (Bourdieu,
Pierre, 1988, 1994, 1998). La investigación involucra ese sistema de estrategias de reproducción
social en 34 familias que viven en un barrio pobre cordobés, situado en la zona
este de la ciudad de Córdoba, con un relativamente buen servicio de transporte
urbano, gas, electricidad, agua corriente y recolección de residuos. Las
principales vías de acceso al sector son netamente comerciales, con negocios
pequeños y de gran envergadura, de todo tipo y rama de actividad. Cuenta
además con centros de salud y
educativos -gratuitos y privados- muy cercanos. Por sus características históricas
y físicas, el barrio presenta algunas particularidades que lo diferencian de
otros asentamientos similares de la ciudad, ya que no se conformó por
sucesivos agregados de nuevas familias, sino por un traslado colectivo a un
terreno fiscal desocupado, a lo cual, con el transcurso del tiempo, se
agregaron nuevas familias a un terreno privado lindante. Las 34 familias constituyen el 90% de la población de ese barrio. El
número de miembros por grupo familiar oscila entre 2 y 8, concentrándose la
gran mayoría entre 3 y 6 miembros por familia. 24 de ellas son propietarias del
terreno y de la vivienda[4],
4 son sólo propietarios de la vivienda –habitan en el terreno privado lindante-
y 6 no son propietarios ni del terreno ni de la vivienda. Esta situación se
explica por la forma de residencia adoptada: 21 familias viven de manera
independiente y 13 son corresidentes. Todas las familias cuentan con luz en la
vivienda –aunque están “colgados” y sufren, por ello, constantes cortes de
electricidad-, sólo una de ellas tiene gas de red instalado y teléfono, sólo 13
tienen baño instalado y 21 grupos familiares cuentan con cama para todos sus
miembros. La estructura ocupacional revela un amplio predominio de los trabajos
manuales y de escasa calificación, tanto para los hombres como para las
mujeres. Entre los jefes de familia (3 no trabajan y otros 3 son jubilados o
pensionados), la ocupación predominante es la de cuentapropista (pequeño
negocio o changas) frente a los empleados (taller metalúrgico, mercado de
abasto, taxi, etc.) entre los hombres, mientras las tres mujeres jefas de
familia son empleadas domésticas. Entre las mujeres no jefas de familia, 10 no
trabajan fuera de su casa, 7 forman parte de un taller de costura y tejido, y
las restantes son empleadas domésticas o cuentapropistas de un pequeño negocio.
El tipo de ocupación de los hijos es similar al de sus padres: predominio de
ocupaciones manuales y de baja calificación, siendo aún más predominante el
cuentapropismo (changas) para los varones y el oficio de empleada doméstica
para las mujeres. Los niveles de ingresos monetarios por grupo familiar son
variables (van desde 0 a 800$), pero el 80% de las familias no obtiene más de
450$ por mes. El nivel educativo formal predominante entre los varones adultos
es el primario incompleto (11) y luego primario completo (9); el de las mujeres
adultas es primario completo (15), luego primario incompleto (14), mientras el
de los hijos que han dado por terminada su trayectoria escolar es el de
primario completo. Para analizar el conjunto de las estrategias de reproducción social de las
familias y su diversificación, desde un enfoque relacional, y que rescate, a la
vez, los procesos históricos del mismo, pueden construirse distintos sistemas
de relaciones que involucran a diferentes agentes en torno a cierto capital
social[5]
que supone la acumulación y la inversión de cierta capacidad de gestión: a) un primer sistema pone en relación a algunos miembros de las familias
–especialmente a un grupo de mujeres[6]-,
en el marco de una estrategia colectiva con un grupo de montoneros, en un
proceso que apunta a la gestión de la tierra, por un lado, y a la gestión de la
acumulación inicial de capital político, por el otro: el traslado al terreno
que hoy ocupan, se realizó en 1972, luego de una gran inundación del río
Suquía, que afectó a numerosas familias que residían en sus márgenes[7],
y fue promovido por un grupo de montoneros quienes, dentro de sus estrategias
de reproducción como grupo de acción política, intervenían en villas cercanas[8]
. Ese mismo sistema de relaciones, ya en la época de la restauración de la
democracia, involucra a otros políticos, especialmente en momentos
preelectorales. b) Puede construirse otro sistema de relaciones, que establece lazos
entre representantes de todas las familias, una ONG, y organismos estatales,
precisamente en el momento en que los montoneros dejan de tener presencia en el
barrio[9]
y que implica la gestión del hábitat por un lado, y la gestión internacional de
la pobreza y de la propia reproducción, por otro: entre 1977 y 1978, con el
apoyo financiero de la OEA y la coordinación de una ONG, se realizó un Plan de
Viviendas que benefició a nueve familias, actividad que supuso la organización
del barrio, que luego se consolidó como Cooperativa; entre los años 1980 y
1982, con subsidios estatales y externos, se construyó el Salón Comunitario, se
continuaron las obras de veredas, escalera, murallón de contención, red de agua
y desagües y pavimentación de la calle
interna; finalmente, en 1984, un nuevo plan de viviendas –coordinado por la
misma ONG- permitió, al resto de las familias, mejorar sus precarias unidades
habitacionales. c) finalmente, pueden construirse otros sistemas de relaciones que
involucran a cada grupo familiar en sí mismo y a algunos de ellos entre sí,
aquellos que conforman redes habitacionales, donde se combinan un conjunto de
prácticas y mecanismos que relacionan la estrategia habitacional adoptada con
la organización doméstica. La
organización doméstica. La familia como campo y como cuerpo La organización
doméstica muestra aspectos fundamentales del sistema de estrategias de
reproducción social, considerando a la familia como cuerpo; es decir, como
sujeto colectivo que debe coordinar sus actividades para poder reproducirse
socialmente. Por otro lado, también permiten visualizar asimetrías, teniendo en
cuenta los diferentes miembros que la componen, sus luchas y negociaciones; es
decir, considerando a la familia como campo, constituida por agentes que poseen
distintos tipos de capitales, que generan desigualdades y relaciones de poder,
especialmente de género y generacionales (Bourdieu, P., 1994) Ello supone que no hay
necesariamente una estricta correspondencia entre la morfología de un grupo
doméstico y su forma interior, y la forma de organización doméstica, resultado
de un proceso de negociación entre las personas implicadas, constituye la
manera como dichos grupos delimitan, en el espacio objetivo y simbólico,
aquellas cuestiones que comparten en conjunto de aquellas que cada uno se
reserva (Glaude, Michel y de Singly, François, 1986), constituyendo una “constelación familiar” (Lahire, Bernard,
1995). Tomando el conjunto de las 34 familias, se había observado que es
claramente diferenciable la organización doméstica que se adopta según la
estrategia habitacional implementada, en primer lugar, si ella es independiente
o de corresidencia, y, en segundo lugar, según la relación de parentesco entre
las familias corresidentes, situación que genera diferente tipo de arreglos y
de negociaciones[10]. Para analizar estos aspectos en
detalle[11],
se hizo un estudio seleccionando cuatro casos, teniendo en cuenta que dos grupos
familiares residieran en unidades habitacionales independientes y dos fueran
corresidentes (con otros). Con respecto a éstos últimos, también se tuvo en
cuenta a los otros grupos familiares con quienes se comparte la unidad
habitacional, lo que hace un total de siete familias. Más específicamente, se
trabajó en torno a las actividades relativas al “trabajo doméstico” y su
organización en función del tiempo y del espacio. Se consideró entonces el
tiempo que insumen esas actividades y la incidencia que tienen las condiciones
espaciales en la organización y distribución de las mismas: tamaño de la vivienda, tipo de mobiliario, equipamiento
doméstico, oferta de servicios y equipamiento del barrio, etc. Además de ello,
se analizó la relación que dichas actividades tienen con la organización doméstica y la sistematización
de las estrategias de reproducción social. Se considera, entonces, que las
distintas prácticas relativas a lo que se denomina “trabajo doméstico” forman
parte del sistema total de prácticas que constituyen la manera en que las
familias conforman y construyen, entre los distintos miembros que la componen,
una serie de arreglos que les permiten enfrentar la compleja tarea de vivir dentro
del conjunto de sus condiciones objetivas. Veamos ahora,
muy brevemente, como, dentro de este contexto, los distintos grupos familiares
analizados se organizan y reparten las tareas tendientes a asegurar su
reproducción cotidiana y social. Cada
uno de los casos se identifica con el nombre de la o las mujeres de la
casa, es decir, de quienes son las
“gestionarias de lo doméstico” (Lahire, Bernard, 1993). Caso 1. Claudia: separación de roles
y administración masculina
Claudia tiene 24 años, está juntada con Ramón, de 59, desde hace tres
años. Tienen dos hijos pequeños: Gonzalo, de dos años y medio y Soledad de uno.
Viven en una vivienda independiente, de la cual son propietarios, que está
ubicada en el terreno privado lindante. Se trata de una casita de material muy
prolija y cuidada en un pequeño terreno, con plantas, y rodeado por un cerco de
alambre tejido, con dos habitaciones (cocina comedor y dormitorio) y un baño
pequeño equipado con un inodoro y dos canillas. El equipamiento doméstico, que es evaluado como “suficiente” por
Claudia, incluye: una heladera, una cocina a gas (“de garrafa”), un televisor
color, un calefón eléctrico, dos estufas eléctricas, un lavarropas “a paleta”,
un secarropas centrífuga, una plancha, una radio y un ventilador. Ramón posee
también una bicicleta, que es su medio de transporte cuando sale a trabajar y a
hacer las compras. Dentro de la
vivienda los espacios están claramente diferenciados y los artefactos
domésticos y el mobiliario (cuentan con cama para cada miembro de la familia)
tienen su lugar específicamente asignado. El dormitorio es el lugar de descanso
y el ambiente para ver televisión, la cocina-comedor -un ambiente sencillo,
cálido, prolijo, limpio y bien equipado- es el lugar donde Claudia pasa la
mayor parte del día y donde se reciben las visitas. Considerando a
la familia como “cuerpo”, puede decirse que Claudia y Ramón conforman una
pareja que divide clara y explícitamente sus “obligaciones” en relación con el
mantenimiento cotidiano de la familia y sus estrategias de reproducción social:
Ramón es el único proveedor de ingresos del grupo y Claudia tiene bajo su
responsabilidad las tareas domésticas. Considerando a la familia como “campo”, esta división aceptada y asumida
como tal, es el resultado de la imposición simbólica de las divisiones sociales
de los sexos y del trabajo sexual, de la imposición de Ramón en cuanto varón y
jefe de la familia y de la “aceptación” de Claudia de su lugar de
subordinación.[12] Ahora bien,
esta división de roles entre la esfera masculina y la femenina implica para
ambos, dado el contexto de sus condiciones objetivas, un sentimiento de
“carga”, y, especialmente para Ramón, a veces de angustia y desesperación. Mientras Claudia es la única de las
siete mujeres amas de casa entrevistadas que declara que sí trabaja, “aunque en la casa, que es peor, porque es
doble trabajo”, Ramón expresa constantemente su angustia por no conseguir
una ocupación fija: luego de trabajar durante 35 años en una curtiembre, el
establecimiento cerró y él se quedó en “la calle” y sin indemnización. Desde
ese momento, en 1996, parte en su
bicicleta todos los días, de lunes a sábado -y a veces también los domingos- a
buscar changas. Sus contactos y relaciones le permiten ir “enganchando” un
trabajo tras otro y hacerse así de un dinero que va aproximadamente desde los
7$ a los 20$ diarios. Este “vivir al día” y “no saber que va a pasar mañana” le
provoca un fuerte sentimiento de ansiedad que agrava su problema de
hipertensión. Los ingresos monetarios de Ramón y la caja de alimentos PRANI
(Programa Alimentario Nutricional Infantil) que reciben, completan la gama de
los recursos materiales con que cuenta la familia para su reproducción. Las tareas domésticas, en ese contexto de estrategias, son
responsabilidad de Claudia (aunque Ramón “colabora” en algunos aspectos), que
las vive como “carga”, pero las asume con resignación, aceptando como una
situación natural el esquema de relaciones impuesto: “Y que le vamos a hacer, los niños son chicos y yo por eso no puedo trabajar...antes
de juntarme con él siempre trabajé, desde los 12 años trabajé en casas de
familia”. Cuidar a los niños aparece en el discurso como una tarea femenina
clara, y, más específicamente, de “la madre”. Así Ramón declara: “Y bueno, atiéndame, ¿sabe qué pasa? Pasa lo
siguiente: que la mujer no puede trabajar y dejar los hijos solos ...Imagínese
los dos niños...Si ella se va a trabajar, y yo tengo que salir a laburar, y
¿quién los va a cuidar?....Eso es lo triste ¿vió? cuando uno deja los niños
solos, en manos de otros ¿vió?” “Cuidar a los niños” es pues, una tarea
doméstica, pero que engloba un conjunto de actividades que son responsabilidad
de Claudia[13]. Ahora
bien, en el discurso de Claudia y de Ramón, aparece en primer lugar, en el
orden de prioridades de las tareas de la casa, “la limpieza”, y luego “hacer de comer, lavar, planchar, cuidar los
niños, atenderlo a él”. “Hacer de comer” incluye un conjunto de actividades que comprometen a
Claudia y a Ramón, aunque por el tiempo que insumen, la mayor carga es para la
mujer: las compras[14],
cocinar[15],
el proceso anterior[16] y posterior a
la comida[17]. Claramente, la participación de Ramón en las tareas reproductivas está
asociadas con el “afuera” de la casa: trabajar, y, dentro de la esfera de lo
doméstico, barrer el patio (nexo entre el “adentro” y el “afuera”),
acondicionar y llevar la basura hasta la calle (una distancia aproximada de 100
ms). También, mientras a Claudia le corresponde el mantenimiento de lo
cotidiano dentro de las condiciones ordinarias, normales, día por día, Ramón se
hace cargo de los momentos extraordinarios: a veces, la comida del día de
descanso, el domingo, y cuando Claudia está enferma. En otros momentos extraordinarios de la vida doméstica, la participación
masculina aparece como protagonista, mientras la mujer “acompaña”, haciendo
pequeñas tareas o cebando mate (cuando se está acondicionando la casa, recién
ocupada, o cuando hay que hacer arreglos de albañilería, etc.) De todos modos,
aunque sea ocupando un rol secundario, la mujer está presente también en el
desarrollo de estas actividades. En la percepción de Claudia y de Ramón, en
contraposición a lo que veremos en los casos siguientes, esas no son
consideradas tareas domésticas, como así tampoco el arreglo de los artefactos
que se rompen. Para ello, si se puede se arregla en casa, y si no se recurre a
un vecino “que trabaja por unas monedas”. Claudia vive su tiempo como un tiempo continuo, de trabajo de
mantenimiento de las actividades cotidianas de su casa, no sabe precisar cuánto
tiempo concreto le llevan las distintas tareas domésticas, sintiendo que eso
“ocupa todo el día” y todos los días son iguales, salvo en los momentos
excepcionales en que visitan a algún familiar. Los espacios que transita son
los estrictamente domésticos: el espacio cerrado de su casa, y el espacio
circundante del barrio que está asociado a sus tareas femeninas: el negocio
donde diariamente compra el pan y la leche. Ramón vive dos
tiempos: el tiempo del trabajo y el tiempo del descanso y recreación, tiempo
que a veces comparte con su esposa y sus hijos y otras veces lo vive
individualmente, cuando llega a su casa o comparte charlas con sus vecinos.
Transita por espacios más amplios que su esposa: el espacio social del trabajo,
los espacios públicos de la feria, el supermercado, el barrio en un sentido más
amplio: el “afuera”, con la calle, con los vecinos, con los otros hombres. Caso 2. Gladys: diferenciación de
roles y administración femenina
Gladys tiene 57
años, está juntada con Hugo, de 48, desde hace 24 años, y crían a su nieto,
Luis, de 4 años, desde que nació. Viven en una vivienda independiente, de la
cual son propietarios, al igual que del terreno. La vivienda es una casa de material, originariamente de un dormitorio,
una cocina-comedor y baño instalado (del primer Plan de Viviendas del barrio),
a la cual ellos le agregaron dos habitaciones más, que han cumplido diferentes
funciones, según el ciclo vital familiar[18]. Las paredes
de la casa están un poco descuidadas, aunque todo parece prolijo y ordenado. El
terreno está rodeado por un desvencijado cerco de alambre tejido. El equipamiento doméstico, que es evaluado por Gladys como “venido a menos y hasta me faltan cosas,
como la plancha”, incluye: una heladera, una cocina a gas (“de garrafa”),
dos televisores a color, un calefón eléctrico, una estufa eléctrica, un
lavarropas “a paleta” , un secarropas centrífuga, dos ventiladores, una
licuadora y una radio. Al igual que en
el caso anterior, dentro de la vivienda los espacios están claramente diferenciados
y los artefactos domésticos y el mobiliario tienen su lugar específicamente
asignado. El dormitorio original de la casa es el lugar de descanso y cuenta
con cama para cada miembro de la familia. El comedor –separado hoy de la
cocina- es un ambiente sencillo, cálido, prolijo, limpio, modestamente
equipado, y decorado con pocas cosas. Allí es el lugar donde se desarrolla la
mayor parte de la vida familiar. Considerando a la familia como “cuerpo”, Gladys y Hugo también conforman
una pareja que divide clara y explícitamente sus “obligaciones” en relación con
el mantenimiento cotidiano de la familia y sus estrategias de reproducción
social: Hugo es, actualmente, el único proveedor de ingresos del grupo y Gladys
tiene bajo su responsabilidad las tareas domésticas[19]. Considerando a la familia como “campo”, esta
división aceptada y asumida como tal, es también el resultado de la imposición
simbólica de las divisiones sociales de los sexos y del trabajo sexual, de Hugo
en cuanto varón protagonista del “afuera” y de la “aceptación” de Gladys de su
lugar femenino del “adentro”. Sin
embargo, fenoménicamente, esta situación no es vivida por Gladys como lugar de
subordinación. Ella se considera “la jefa” de la familia, ella administra el
presupuesto -situación que vive como una “carga”- y ella “fija” las normas que
considera fundamentales en la casa, aunque no logra ya, que su marido colabore
con las tareas domésticas.[20] Ahora bien, esta división de roles entre la esfera masculina y la
femenina implica para ambos, dado el contexto de sus condiciones objetivas, un
sentimiento de carga, y, especialmente para Gladys, “por que el dinero a veces no alcanza” . Gladys declara “que no
trabaja” –a las tareas domésticas las reconoce como propias de la mujer, por lo
tanto “trabajo” sólo es el que se hace fuera de la casa-. Hugo, por su parte,
toda la vida ha trabajado en changas de distinto tipo, y desde hace 20 años lo
hace en el mercado de abasto, tarea que le permite redondear entre 250 y 350$
por mes. Los ingresos monetarios de Hugo, la caja de alimentos PRANI que
reciben, sumado a las frutas y verduras que trae el hombre del mercado de abasto, completan la gama de
los recursos materiales con que cuenta la familia para su reproducción. Las tareas domésticas, en ese contexto de estrategias, son
responsabilidad de Gladys, que las asume con naturalidad, aceptando así el
esquema de relaciones impuesto. Desde su percepción de “cabeza de la casa” vive
con cierta ansiedad el hecho de tener que administrar un magro presupuesto,
pero asume las tareas de la casa como que entran dentro de su ámbito de
pertenencia, aunque reniega del hecho de la falta de colaboración de su marido.
En el discurso de Gladys, aparece en primer lugar, en el orden de prioridades
de las tareas de la casa, “la limpieza”,
y luego “cuidar el bebé, hacer de comer,
lavar, planchar, tener las cosas que hacen falta” Cuando ella habla de
“limpieza”, también se refiere a las condiciones de la casa: al arreglo de las
humedades, a la pintura de las paredes, al arreglo y acondicionamiento del
patio, tareas que considera propiamente como masculinas. “Cuidar a los niños” aparece nuevamente aquí en el discurso como otra
tarea doméstica claramente femenina, de “la madre”, función que Gladys cumple
en relación con su nieto. Esta función parece signar toda su vida cotidiana
actual[21]. “Hacer de comer” incluye también un conjunto de actividades que
compromete a Gladys exclusivamente y jamás, desde que los hijos crecieron, es
tarea de Hugo: las compras[22],
cocinar, tender la mesa y la higiene de los enseres. “Hacer de comer” es para Gladys, una tarea “que se hace sola”, porque ella se da el “lujo” de cocinar siempre
con la cocina a gas. Luego de decidir
qué comer y comenzar a preparar los alimentos, Gladys pone el lavarropas y
comienza a limpiar la casa. A la siesta, después de terminar con el proceso de
“hacer de comer”, se encarga de terminar con el acondicionamiento de la ropa. Claramente, y más tajantemente que en el caso anterior, la participación
de Hugo en las tareas reproductivas están asociadas con el “afuera” de la casa:
trabajar, y, dentro de la esfera de lo doméstico, sólo sacar la basura hasta la
calle (una distancia aproximada de 10 ms). También, mientras a Gladys le
corresponde el mantenimiento de lo cotidiano dentro de las condiciones
ordinarias, Hugo, en la actualidad, sólo se hace cargo en los momentos
extraordinarios (por ejemplo, cuando Gladys está enferma), de algunas cosas
percibidas como fundamentales “para que
no se le caiga el tren encima”. En otra etapa del ciclo doméstico, Hugo
asumía también un conjunto de tareas rutinarias y cotidianas, mientras su
esposa trabajaba y los niños eran pequeños. En ese tiempo, también asumía el
protagonismo en las tareas que definimos más arriba como relativas a momentos
extraordinarios: participación en el proceso de construcción de la vivienda por
“ayuda mutua”, construcción de las otras dos habitaciones, arreglo de humedades
y pintada de paredes, mientras su mujer “acompañaba”, haciendo pequeñas tareas
–alcanzando los baldes de mezcla, acomodando los ladrillos- o cebando mate. En
la actualidad, esas tareas siguen siendo consideradas como tareas domésticas y
específicamente masculinas: Hugo ya no lo hace, y Gladys espera pacientemente
que “un día de estos” su hijo Quico –que asumió la responsabilidad de
acondicionar las habitaciones vacías para trasladar allí el comedor y la
cocina- pinte las paredes de la casa. Gladys, al igual que Claudia,
vive también su tiempo como un tiempo continuo de trabajo de
mantenimiento de las actividades cotidianas de su casa, sin precisar cuánto
tiempo concreto le llevan las distintas tareas domésticas, pero también lo
percibe con naturalidad, como que así debe ser: “soy mujer y eso es lo que me toca, por eso yo no me hago problema,
problemas son otras cosas”. Los espacios que transita son más amplios que
los de Claudia, la protagonista del caso anterior: el espacio doméstico de su
casa, la casa de su vecina, Doña María, la vereda, el espacio del barrio y las zonas aledañas, donde hace las
compras, mira y busca precios; el espacio de la casa de su madre –donde va
domingo de por medio-, el barrio donde vivió cuando era niña. De alguna manera,
esos espacios y ese tiempo conforman el ámbito donde Gladys percibe que se
desarrolla su vida individual, con la compañía de su nieto y muy eventualmente
de su esposo. Hugo vive dos
tiempos: el tiempo del trabajo y el tiempo del descanso y recreación, y
actualmente transita por dos espacios fundamentales: su casa (en realidad, la
casa de Gladys) y el mercado de abasto. Ya no vive como su vecino Ramón (es más
joven que él pero su familia está en otra etapa del ciclo vital, los problemas
son otros, los mecanismos de reproducción social diferentes). Su espacio de
recreación es su propia casa y, más concretamente, el pequeño espacio del
comedor donde está instalado el televisor. Caso 3: María, Rosa y Lorena:
espacios y servicios compartidos, alternancia de roles y administración
femenina de cada grupo familiar
María, Rosa y
Lorena son tres mujeres que junto a dos hombres, conforman los núcleos
familiares que comparten la estrategia habitacional. Ello implica una
definición de diferentes espacios “de uso propio” de un núcleo familiar y de
“uso común”, y lleva implícita, y a veces explícitamente, un reparto de las
tareas domésticas. María tiene 68 años, está juntada con Héctor, de 49, desde
hace 27 años. La mujer es propietaria de todo el terreno y la pareja habita una
vivienda, desde 1975. Rosa tiene 42 años, está juntada con Enrique, de 37 (hijo
de una pareja anterior de María), desde hace 17 años. Tienen tres hijos:
Lorena, de 18 años (“reconocida” por Enrique, pero hija de un matrimonio
anterior de Rosa), Quique de 15 y Romina de 9 años. Lorena, soltera, tiene una
bebé de 3 meses, Nadir. Viven todos juntos en una pieza construida al fondo del
lote. Por definición propia de las mujeres entrevistadas, los grupos familiares
son considerados dos: el constituido por María y Héctor y el que conforman Rosa
y Enrique, sus hijos y su nieta. La vivienda que
habita el primer grupo familiar es una casa de material, originariamente con un
dormitorio, una cocina-comedor y baño instalado (del Plan de Viviendas
originario), a lo cual le agregaron otra habitación que cumple especialmente la
función de dormitorio. El equipamiento doméstico, que es evaluado por María como “poca cosa, viejitas pero alcanzan”
incluye: una heladera, una cocina a gas (“de garrafa”), un calentador a
kerosén, un televisor blanco y negro, una estufa eléctrica, un ventilador de
pie, un lavarropas “a paleta” , una plancha, una máquina de coser -con la que
Doña María hace algunas “changas”-, y
una radio. Dentro de la
vivienda, los espacios no están claramente diferenciados en su uso aunque los
artefactos domésticos y el mobiliario tienen su lugar específicamente asignado.
El dormitorio original de la casa es fundamentalmente el lugar de descanso de
María, suele ser también el ambiente para ver televisión y, eventualmente,
además, lugar para “recibir visitas”. La cocina-comedor es un ambiente pequeño,
atiborrado de cosas y sus paredes raídas están totalmente cubiertas de cuadros
y posters. Allí es el lugar para cocinar, para lavar los platos, para comer,
para coser, para tomar mate con Gladys y otras vecinas y lugar de paso de todos
los miembros de la familia extensa: la heladera es compartida por Rosa y su
familia y también el baño, ubicado al fondo. El otro grupo
familiar reside en una pequeña habitación que había sido la primera vivienda de
María y Héctor. Es de material, con piso estucado. Tienen luz y una canilla para sacar agua, en el patio.
Utilizan el baño de María. El equipamiento doméstico propio es muy modesto: un
televisor color, un calentador a kerosén, un ventilador, un grabador roto y una
estufa eléctrica. Sólo hay dos camas chicas para toda la familia: en una de
ellas duerme Rosa con su hija Romina, en la otra Lorena con su bebé, Enrique
duerme a veces en la cama con María y
Quique, y a veces se acomoda en el piso sobre un angosto colchón. Durante el día,
en esa habitación están fundamentalmente Rosa, Lorena y Nadir. Los otros
niños van a la escuela y, en el tiempo
libre, “van y vienen” a lo de María y
Enrique está todo el día afuera de la casa, trabajando como vendedor ambulante.
La falta de espacio adecuado, la ausencia de baño y los escasos artefactos domésticos
constituyen, para Rosa, una fuerte limitación objetiva, fuente de su constante
angustia. Los arreglos
explícitos e implícitos que realizan ambos grupos familiares para enfrentar la
tarea de reproducción social constituyen una compleja trama de relaciones entre
las mujeres (María, Rosa y Lorena) y entre ellas y sus parejas (Héctor y
Enrique), trama que fundamenta la división del trabajo en la constelación
familiar. Considerando a
los grupos familiares en su conjunto (las familias como “cuerpo”), puede
decirse que, de las declaraciones de las mujeres, surge que los adultos de cada
una de ellas son los responsables de la reproducción social del propio grupo.
En una primera entrada a la vida cotidiana, aparecía que cada familia produce
sus propios ingresos, cada familia administra su presupuesto, cada una se hace
cargo del mantenimiento del orden y la limpieza del espacio del cual se
considera propietario (por lo tanto María y Héctor lo hacen en los espacios de
uso común), cada familia es responsable del aseo personal y de la ropa de sus
miembros, cada una cocina y come en su casa. Sin embargo, luego surgió que
ambas familias están inmersas en una red de intercambios o, más precisamente,
están unidos por una red que hace a Héctor y María (fundamentalmente a ésta
última) proveedores de ingresos no monetarios y de servicios a los otros. Considerando a
las familias como “campo”, y teniendo en cuenta las relaciones que se
establecen entre ambos miembros de cada pareja, encontramos que en ambas hay
una definición clara y explícita de sus “obligaciones” en relación con el
mantenimiento cotidiano de la familia y sus estrategias de reproducción social,
pero esa división no es tan tajante como en los casos presentados
anteriormente. Podría decirse que,
básicamente hay una primera división aceptada y asumida como tal, resultado de la imposición simbólica de las
divisiones sociales de los sexos y del trabajo sexual, que hace a los varones
proveedores de los recursos materiales (protagonistas del “afuera” del hogar) y a las mujeres proveedoras del
trabajo doméstico (protagonistas del “adentro” del hogar). Sin embargo,
fenoménicamente, y dadas las limitadas condiciones objetivas que implica el
mercado laboral, el ejercicio concreto de estos roles se “desdibuja” y pone a
las mujeres en situación de disposición de asumir la búsqueda de ingresos
monetarios y, en una de las dos familias, se produce una inversión de dichos
roles, con alternancias, según van cambiando esas condiciones objetivas (claro
que, no se modifican “las responsabilidades” sino el ejercicio concreto de las
tareas). Así, en la familia de Rosa y Enrique, en este momento él es el único
proveedor de ingresos del grupo: trabaja como vendedor ambulante y “cuando
le salen” hace changas de albañilería (su trabajo le lleva todo el día).
Los ingresos se completan con la caja PRANI que reciben y, como veremos luego,
con otros ingresos no monetarios que proporciona la familia de María. Rosa declara “que no trabaja”
–a las tareas domésticas las reconoce como propias de la mujer, por lo tanto
“trabajo” sólo es el que se hace fuera de la casa-, pero como los recursos son
escasos, está dispuesta a buscar una tarea fuera, desde hace bastante tiempo,
aunque no consigue ubicarse como empleada doméstica[23].
El “quedarse en la casa” no es vivido por Rosa como lugar de subordinación.
Rosa se considera “la jefa” de la familia, ella administra el presupuesto
-situación que vive como una “carga”- y ella “fija” las normas que considera
fundamentales en la casa, aunque no logra ya que su marido “colabore” con las
tareas domésticas. En la pareja de Héctor y María no hay un proveedor de ingresos “fijo”,
ambos desempeñan alternativamente ese rol. Héctor hace changas “en lo que consigue” (carga y descarga
de camiones, albañilería) y gana aproximadamente entre 7 y 15$ por día cuando
tiene trabajo. María hace changas de costura y vende diferente tipo de
artículos que compra en el centro y desde allí vuelve caminando en dirección a
su hogar, vendiendo casa por casa. Los ingresos “limpios” que obtiene son muy
variables, y van desde los 3 a los 18$ diarios, aproximadamente. Esos ingresos,
la caja de alimentos que recibe por ser mayor de 60 años y otros ingresos no
monetarios que mencionaremos luego, completan la gama de recursos materiales
con que cuenta la pareja para su reproducción. María y Héctor
desempeñan alternativamente los roles de proveedor de ingresos monetarios y
proveedor de tareas domésticas, pero si Héctor tiene trabajo, María se queda.
El “quedarse en la casa” no es vivido por María como lugar de
subordinación. Como Rosa, María se
considera “la jefa” de la familia, ella administra el presupuesto -situación
que vive con orgullo, por todas las cosas que puede hacer con ello- y “fija”
las normas que considera fundamentales en la casa. Rosa en cambio, asume completamente la responsabilidad de realizar las
tareas domésticas pero las divide entre ella y sus dos hijos mayores (Lorena y
Quique). Su situación es más difícil que en el caso de las otras mujeres: la
falta de equipamiento doméstico y de agua en la vivienda hace que sus tareas
insuman más tiempo. “Cuidar a los hijos”
es para Rosa y Lorena la tarea doméstica a la cual le dedican más tiempo y la
que asumen con mayor dedicación.[24] Rosa declara que ellos cocinan por su cuenta, si hay dinero al mediodía
y a la noche, si no, sólo a la noche. Rosa se hace cargo de todo el proceso de “hacer de comer’, aunque a veces cuenta
con la ayuda de Lorena. Las mismas tareas relativas a la limpieza, lavado y
acondicionamiento de la ropa y “hacer de comer” son responsabilidad de María,
aunque, como hemos visto, a veces las realiza Héctor. Sin embargo, esta pareja
cuenta con un equipamiento doméstico (lavarropas y pileta de cocina) que
facilita el trabajo. Ahora bien, es interesante que, en el caso de María, el
proceso de “hacer de comer” incluye un momento especial, que insume mucho
tiempo, y que implica una constante actualización de relaciones sociales
–fundamentales en el proceso de reproducción-: el de gestión de los alimentos[25].
Con ello y la caja de comestibles que recibe, la pareja sólo adquiere unas
pocas cosas de almacén y le permite compartir lo que obtiene con la familia de
su hijo. Además de la transferencia de estos bienes, María es proveedora de otros
servicios a la familia de Enrique: ella se hace cargo de la limpieza de los
espacios comunes y lava, plancha y cose la ropa de su hijo Enrique, porque Rosa
está cansada de la falta de colaboración de su marido y ha decidido “no hacerle nada”. Las tareas de mantenimiento de la vivienda –como también las de arreglos
de artefactos del hogar- no son incluidas dentro del rubro de “tareas
domésticas” por estas mujeres, aunque no por ello las consideran poco
importantes. En el caso de María y Héctor se recurre a un vecino, Don Ramón,
que las realiza por unos pocos pesos y por algunos alimentos que María le da,
de lo que consigue gratuitamente. Rosa, en cambio, debe esperar a que su marido
se decida o pueda hacerlo[26]. Aquí también
las tareas reproductivas de los hombres, en el plano de las representaciones
simbólicas están asociadas con el “afuera” de la casa[27].
A las tres mujeres le corresponde el mantenimiento de lo cotidiano dentro de
las condiciones ordinarias, normales, día por día, y esa situación es percibida
por las tres como “lo normal”, “lo que es propio de la mujer” y lo que se
espera de ellas socialmente. Sin embargo, por las modalidades que adoptan las
diferentes relaciones que se establecen con los varones la situación global es
diferente en las tres. Rosa y Lorena, como las protagonistas de los casos
anteriores viven también su tiempo como un tiempo continuo de trabajo de mantenimiento de las
actividades cotidianas de su casa. María en cambio, percibe que ella tiene el
tiempo de su trabajo y el tiempo de su casa: claramente expresa preferir quedarse
en casa, pero si su marido no tiene una changa, ella asume la responsabilidad
de obtener ingresos mientras Héctor realiza las tareas en el hogar. Los espacios
que transitan las mujeres son diferentes. Lorena y Rosa especialmente el
espacio doméstico de su casa, aunque también el espacio del barrio y las zonas
aledañas, donde hacen las compras. María transita espacios más amplios: la
casa, el barrio, las viviendas de sus amigas, el “centro” donde desarrolla su
actividad como vendedora, los negocios donde consigue la comida. Los hombres descansan los domingos de su trabajo, pero no comparten su
tiempo libre con la familia. Enrique y Héctor viven dos tiempos: el tiempo del
trabajo y el tiempo del descanso y recreación.[28] Enrique
transita por dos espacios fundamentales de la calle: las calles del centro de
la ciudad, donde trabaja como vendedor ambulante y la calle del barrio, con los
vecinos, con los amigos. Su permanencia en el espacio doméstico está
absolutamente reducida a tres momentos: asearse, comer y dormir, especialmente
en la parte de la vivienda que ocupa su madre. Héctor transita por tres
espacios: el espacio del trabajo, el espacio doméstico y la calle del barrio,
su lugar elegido para pasar su tiempo libre. Caso 4: Olga, Victoria y Roxana: olla
común, diferenciación de roles y administración femenina única
Olga, Victoria
y Roxana son tres mujeres que junto a dos hombres y siete niños, conforman los
núcleos familiares que comparten la estrategia habitacional en el último caso
analizado en este estudio. Aquí hay también una definición de diferentes
espacios “de uso propio” de un núcleo familiar y de “uso común” y lleva
implícita y a veces explícitamente un reparto de las tareas domésticas. Olga tiene
58años y es viuda desde hace aproximadamente quince. Ella es la propietaria de
todo el terreno y de la vivienda, desde 1975. Allí vivió Olga con su esposo y
sus hijos cuando eran solteros. Actualmente
Olga tiene un hijo soltero, Carlos, de 31 años que permanece en la casa
familiar. Allí viven también su otro hijo, Gustavo, de 26 años, con su esposa
Victoria de 21 y su pequeña hija Carolina de 1 año y medio. Esta pareja, desde
que se conformó, en 1996, fue a residir a esa vivienda, ocupando una pieza
exclusivamente para ellos. Allí vive también Roxana de 29 años, hija de Olga,
desde 1996, momento en que se separó del hombre con quien vivía anteriormente
en una pequeña casita del terreno privado lindante, y sus seis hijos: Yohana de
8 años, Hernán y Flavia de 7, Erica de 5, Lucas de 4 y Talía de 1 año. La disposición
de las habitaciones que conforman el espacio doméstico y la conformación de los
grupos familiares, como así también la trama de relaciones que se establecen
entre los distintos miembros son diferentes al caso anterior. Por definición
propia de las mujeres y de uno de los varones entrevistados, los grupos
familiares son considerados dos: el que constituyen Gustavo, Victoria y su hija
Carolina y el que conforman Olga, su hijo Carlos, su hija Roxana y sus seis
nietos. Olga funciona como jefa de hogar ampliado, toma las decisiones más
importantes que afectan a la familia en sentido más amplio y su palabra tiene
mucha presencia: la casa es explícitamente de ella (así es reconocido por ella
y por sus hijos), y allí viven sus hijos hasta que ellos decidan irse a otra
parte, ella les “presta” la habitación en la que duermen, aunque Gustavo
acondicionó la construcción y la pintó él mismo, como así también arregló la
habitación de Roxana. Con relación a esta última, Olga percibe que “la tiene a
su cargo”, junto a los niños, desde que su pareja la abandonó. La vivienda que
habitan está construida unificadamente. Es una casa de material,
originariamente con un dormitorio, una cocina-comedor y baño instalado (del
Plan de Viviendas originario), a lo cual le agregaron otras dos habitaciones
que cumplen funciones de dormitorio. El terreno está en parte cercado con
alambre tejido. El equipamiento doméstico más importante es compartido por todos, aunque
es propiedad de Olga. Las mujeres perciben que ese equipamiento, más otros
artefactos que poseen cada uno en su dormitorio “les alcanza para vivir como viven los pobres, a los ponchazos”.
Este incluye: una vieja heladera, una cocina a gas (“de garrafa”), un
calentador a kerosén, un calefón eléctrico en el baño, una estufa eléctrica,
una plancha y un equipo de música. También posee Olga un televisor color en su
dormitorio, Carlos otro artefacto igual en el mismo dormitorio que comparte con
Olga y Gustavo y su familia otro televisor color y otra estufa en la habitación
donde ellos duermen. Dentro de la
vivienda, no todos los espacios están claramente diferenciados en su uso y los
artefactos domésticos y el mobiliario cambian constantemente de lugar, en un
intento de adecuar y separar dichos espacios, en función de las necesidades de
la gran familia que reside allí. El dormitorio
original de la casa constituye, junto con la cocina-comedor, el espacio de uso
permanente de la familia ampliada. Ese es también el lugar donde descansa Olga
y su hijo Carlos. Olga es una persona enferma y se pasa la mayor parte del
tiempo en cama, sentada, viendo televisión o conversando con su hija y su
nuera. Todo allí –como en todos los espacios comunes- está sucio y desordenado:
hay cajas grandes y pequeñas, ropa, zapatos, papeles y juguetes desparramados por todo el piso. En uno de los otros dormitorios duerme Roxana y sus seis hijos. Para
todos ellos sólo cuentan con una cama de dos plazas y una cama chica. En claro contraste con el resto de la casa, se observa el dormitorio de
Gustavo, Victoria y su hijita: todo
está muy limpio, prolijo y ordenado, las paredes están recién pintadas y tienen
posters y adornos. Ese lugar es el único de uso exclusivo en la casa: allí
descansan y ven televisión hasta la hora de dormir[29]. Los arreglos
explícitos e implícitos que realiza esta familia extensa para enfrentar la
tarea de reproducción social constituyen una compleja trama de relaciones que
implica una división de tareas, no tanto entre los grupos entre sí o entre la
pareja (Gustavo y Victoria) sino más bien entre las mujeres (Olga, Victoria y
Roxana) por un lado y entre los varones (Gustavo y Carlos) por otro. Aquí es
necesario hacer una aclaración:
considerando a los dos grupos familiares en su conjunto (las familias
como “cuerpo”), puede decirse que, en el plano discursivo y de las
declaraciones de las mujeres, surge que los adultos de cada una de ellas son
los “responsables” de la reproducción social del propio grupo: Olga y Roxana de
sí mismas y de los seis niños, Carlos de sí mismo y de ayudar a su mamá,
Gustavo y Victoria de ellos y de su hijita. Sin embargo, dadas las muy
limitadas condiciones materiales en que viven, en el plano de las prácticas,
esas responsabilidades se diluyen en la conformación de una constelación
familiar extensa: todos funcionan como dice Lomnitz (1978) como una unidad
doméstica ampliada “de olla común”. Los gastos de la casa se dividen entre los
tres que tienen ingresos: Olga, Carlos y Gustavo, pero es Olga quien toma las
decisiones más importantes y podría decirse, quien dirige y controla las
actividades del resto de la familia. Considerando a
la familia extensa como “campo”, y teniendo en cuenta las relaciones que se
establecen entre todos los miembros adultos, encontramos que hay una definición
clara y explícita de sus “obligaciones” en relación con el mantenimiento
cotidiano de la familia y sus estrategias de reproducción social. Podría
decirse que, como en el caso de las familias nucleares analizadas
anteriormente, hay una primera división aceptada y asumida como tal, resultado de la imposición simbólica de las
divisiones sociales de los sexos y del trabajo sexual, que hace a los varones
proveedores de los recursos materiales (protagonistas del “afuera” del hogar) y a las mujeres proveedoras del
trabajo doméstico (protagonistas del “adentro” del hogar). Así, Carlos y
Gustavo son los principales proveedores de ingresos del grupo. Carlos hace
changas de albañilería y percibe un salario de aproximadamente 300$ al mes.
Gustavo trabaja en la Coca Cola y recibe una mensualidad de 400$. Olga aporta a
la familia su pensión de 145$. Los magros ingresos (considerando el número de
miembros que dependen de ellos) se completan con las dos cajas de alimentos
PRANI que reciben. Las mujeres
declaran que no trabajan y se dividen entre ellas el mantenimiento cotidiano de
la casa, especialmente entre Victoria y Roxana, mientras Olga apoya y dirige
las tareas. El “quedarse en la casa” no es vivido por las mujeres como lugar de
subordinación. Olga es “la jefa” de la
familia, ella administra el presupuesto -situación que vive como una “carga”- y
ella “fija” las normas que considera fundamentales en la casa, en una constante
negociación con sus dos hijos varones, proveedores de los ingresos más grandes
del grupo. Victoria asume su rol con total naturalidad, plenamente convencida de
que es el varón quien debe aportar el dinero necesario para el mantenimiento de
la casa y la mujer encargarse de las tareas domésticas: en relación con su
esposo, en su pequeño núcleo familiar, Victoria asume su lugar de
subordinación. Es Gustavo el que trae el dinero, él decide –en negociación con
su madre- qué se puede comprar y qué no, en qué momento del mes, etc. El “exige, por que es limpio y prolijo por
demás” que la habitación que ocupan esté limpia y ordenada, y, aunque sin
éxito, que la cocina, y los otros espacios comunes se conserven adecuadamente. Roxana se
representa su rol de mujer en el mismo sentido y, dada su situación objetiva de
estar separada de su marido y no recibir apoyo económico para mantenerse ella y
sus hijos, siente una profunda frustración por sentirse obligada a buscar
trabajo afuera para mantenerlos y descuidar la atención de su hija más pequeña. En esta
familia, las principales proveedoras de trabajo doméstico son las mujeres. Las tareas
se dividen entre Victoria y Roxana, en diferentes modos y dedicando diferentes
tiempos, según se presenten distintas condiciones objetivas. Olga asume el rol
de “dirección” y colabora en cosas que ella está en condiciones de hacer
físicamente. En la división
de las tareas domésticas, en una primera instancia, cada una se hace
responsable del dormitorio de uso propio y del acondicionamiento de la propia
ropa, de la del esposo y de la de sus
hijos. Olga realiza, en principio, el mismo proceso con relación a lo suyo y de
su hijo Carlos –que es soltero-. La limpieza –“limpiar la casa” aparece como la tarea doméstica más
importante, en el plano discursivo- de los espacios de uso común y la comida
del día, con todo lo que lleva implícito el proceso de “hacer de comer” (para los miembros de la familia que estén en la
casa[30]) es asumido un
día cada una por Roxana y Victoria[31],
a menos que, “cambien” de día por alguna circunstancia especial, como la
enfermedad de alguno de los niños. “Cuidar a los
hijos” es también una tarea doméstica importante (aunque no aparece en primer
lugar) y determinante del hecho de que las mujeres permanezcan en la casa,
tarea que es compartida por Roxana y Victoria y que, para el caso de los más
pequeños, se cuenta con la ayuda de los hijos mayores quienes, además, suelen
hacer la compra diaria de pan y leche en el almacén del barrio y llevan la
basura hasta la esquina, por donde para el servicio de recolección de residuos. Gustavo se encarga de barrer el patio, regar las plantas y podar el
limonero (hemos visto anteriormente que el patio, el nexo entre “el afuera” y
“el adentro” de la casa es una tarea propiamente masculina), tareas que realiza
cuando vuelve de trabajar. El también –la figura masculina más importante,
ocupando una posición más fuerte que su hermano mayor, soltero, que también
vive en la casa- es el que “acomoda la
casa”: es decir, corre los muebles, decide separar distintos ambientes, a
fin de adecuar los espacios a las necesidades de los numerosos miembros que
componen esta familia extensa. Las tareas de mantenimiento de la vivienda –como también las de arreglos
de artefactos del hogar- son incluidas por Gustavo y las mujeres, dentro del
rubro de “tareas domésticas”. De ello se encarga actualmente Gustavo, con
exclusividad y sin la ayuda de su hermano, asumiendo las tareas que en otro
momento realizaba su padre[32]. Aquí también las tareas reproductivas de los hombres, en el plano de las
representaciones simbólicas están asociadas con el “afuera” de la casa:
trabajar, y, dentro de la esfera de lo doméstico, arreglar el patio. Ahora
bien, esto involucra sólo a uno de los hombres: aquel que está casado, aunque
es el menor. Su hermano no “colabora” con las cosas de la casa y es “el que más protesta, cuando tiene que poner
plata”. A las tres
mujeres le corresponde el mantenimiento de lo cotidiano dentro de las
condiciones ordinarias, normales, día por día, y esa situación es percibida por
las tres como “lo normal”, “lo que es propio de la mujer” y lo que se espera de
ellas socialmente. Las tres
mujeres, viven también su tiempo como un tiempo continuo de trabajo de mantenimiento de las
actividades cotidianas de su casa, sin precisar cuánto tiempo concreto les
lleva realizar las distintas tareas domésticas, sintiendo que eso forma parte
de la vida de toda mujer. Los espacios que transitan las mujeres son
especialmente el espacio doméstico de su casa, aunque también el espacio del
barrio y las zonas aledañas, donde hacen las compras y donde está el
dispensario donde atienden a los niños.
Los hombres
descansan los domingos de su trabajo, pero no comparten su tiempo libre con la
familia. Carlos y Gustavo, como los otros hombres, viven dos tiempos: el tiempo
del trabajo y el tiempo del descanso y recreación. Transitan por dos espacios
fundamentales de la calle: las calles del centro de la ciudad, donde trabajan,
y la calle del barrio, con los vecinos, con los amigos. La permanencia de
Carlos en el espacio doméstico está absolutamente reducida a tres momentos:
asearse, comer y dormir, mientras que Gustavo comparte algunas tareas con la
familia y permanece más tiempo libre en el espacio doméstico: le gusta mucho
ver televisión tranquilo y en su pieza. Comentarios finales
La gestión de lo cotidiano en un barrio pobre cordobés, a través del
análisis minucioso de casos, demuestra que pueden conformarse diversos sistemas
de relaciones entre los miembros adultos que forman parte del grupo familiar:
pueden apreciarse una gran diversidad de arreglos y modalidades, de estrategias
y percepciones, aun cuando las condiciones materiales de vida son precarias
para todos. La organización doméstica, la definición de roles, la
administración del presupuesto, están estrechamente relacionadas con la
estrategia habitacional implementada –individual o de corresidencia-, pero
también dependen de la especial forma que adopte la constelación familiar, en
la que inciden la edad de los varones y de las mujeres, el ciclo vital
familiar, y las especiales condiciones objetivas en que se desarrollan las
actividades, es decir, en primer lugar, el volumen y la estructura del capital
de la unidad doméstica en general, y de cada uno de sus miembros en particular. Por otra parte, la construcción del sistema de relaciones que da cuenta
de la organización doméstica es sólo uno de los sistemas que permiten explicar
las prácticas (por las posiciones y las disposiciones) que generan las familias
para vivir. Para entender este complejo conjunto a lo largo del tiempo, en una
reconstrucción que permite comprender y explicar las prácticas presentes
recuperando la trayectoria de las mismas, es necesario reconstruir otros
sistemas. De este modo se pueden analizar relacionalmente distintos ámbitos
donde se definen y redefinen las estrategias de reproducción social,
considerando un elemento esencial: ellas se construyen a partir de lo que los
pobres poseen y no de lo que les falta, de su volumen y estructura del capital,
de la disponibilidad de instrumentos de reproducción y de sus disposiciones, y
no de sus carencias. Referencias Bibliográficas
-BOURDIEU, Pierre, “Le capital social”, en: Actes de la Recherche en Sciences Sociales, París, Nº 31, 1980. ---------------------------, La Distinción. Criterios y bases sociales
del gusto, Madrid, Taurus, 1988. ----------------------------,
"Stratégies de reproduction et transmission des pouvoirs", Actes de la Recherche en Sciences Sociales,
105, 1994. ----------------------------, La domination masculine, París, Ed. du
Seuil, 1998. -GILLESPIE, Richard, Soldados de Perón. Los montoneros,
Buenos Aires, Grijalbo, 1987. -GLAUDE, Michel y de SINGLY, François,
« L’organisation domestique: pouvoir et négociation », Économie et statistique, º 187, 1986. -GUTIERREZ, Alicia, "Vivir y
sobrevivir en Altos de Yapeyú. Aspectos generales acerca de la diversificación
de estrategias de reproducción social", en: Estudios, No. 7, Centro de Estudios Avanzados de la Universidad
Nacional de Córdoba, 1997. --------------------------,
"Estrategia habitacional, familia y organización doméstica", en: Cuadernos de Antropología, Facultad de
Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Buenos Aires, 1998. --------------------------, “Amigos
y recursos. El capital social en las estrategias de reproducción”, Ciencias Sociales, Nº 2, Centro de
Investigaciones de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la UNC, en prensa. -LAHIRE, Bernard, ”La division sexuelle
du travail d’écriture domestique », Ethnologie
française, 23 (4), 1993. --------------------------, Tableaux
de familles, París, Gallimard-Le Seuil, 1995. -LOMNITZ, Larissa, Como sobreviven
los marginados, México, Siglo XXI, 1978.
[1]
La mayor parte de las ideas presentadas aquí fueron expuestas en el VI Congreso
de Antropología Social, Mar del Plata, 2000.
[2]
Docente e investigadora de la Universidad Nacional de Córdoba
[3]
Una explicitación acerca de los componentes de estos factores, puede verse en
Gutiérrez, A, 1997, especialmente pág.
138-139.
[4]
La propiedad es colectiva y reside en una Cooperativa de Vivienda y Consumo,
aunque los lotes están delimitados y cada familia se considera propietaria de
la tierra donde está ubicada la vivienda.
[5] El capital social se define como “conjunto de recursos
actuales o potenciales que están ligados a la posesión de una red durable de
relaciones más o menos institucionalizadas de interconocimiento y de
inter-reconocimiento” (Bourdieu, Pierre, 1980: 2) Está ligado a un círculo de
relaciones estables que son el producto de “estrategias de inversión social
consciente o inconscientemente orientadas hacia la institución o reproducción
de relaciones sociales directamente utilizables, a corto o a largo plazo”.
(Ibídem). La importancia del capital social en el conjunto de las estrategias
puede verse en Gutiérrez, A, 2000.
[6]
Hay cinco mujeres y un hombre que han participado activamente desde ese momento
y son quienes, al haber logrado acumular mayor capital social, ocupan las
posiciones que ligan al grupo de familias con los otros agentes.
[7] Las familias
provienen de zonas afectadas por los repetidos desbordes del río Suquía: Villa
"Bajo Yapeyú" y Villa "Talita". El Gobierno de la Provincia
de Córdoba, un año después de la ocupación, cedió a sus pobladores el terreno
en forma permanente.
[8] Entre 1970 y 1973, la acción montonera se concentra en el
trabajo del “retorno de Perón”, una etapa caracterizada por el fortalecimiento
de los vínculos con las otras “formaciones especiales peronistas” y la
promoción de un movimiento unitario de juventudes peronistas. Al principio, los
guerrilleros no lograban ponerse de acuerdo sobre si debían concentrarse solamente
en la lucha armada o bien seguir una estrategia “integral”, consistente en
impulsar múltiples formas de acción, postura, esta última, adoptada por los
Montoneros. (Gillespie, R, 1987). En esa etapa, en Córdoba, la acción en
barrios para incorporar elementos a la organización fue fundamental, y el
trabajo consistía en trabajar “desde fuera”, impulsando diversos tipos de
acciones (Entrevista con un militante montonero)
[9]
Poco después del Golpe de Estado de 1976, el barrio cambió de nombre, como un
signo claro de la ambigüedad del capital social y la posibilidad de mostrar una
cara negativa: dejó el nombre de “Villa 29 de Mayo”, para adoptar el menos
comprometido de “Villa Altos de Yapeyú”.
[10]
Una
explicitación mayor de estos aspectos puede verse en Gutiérrez, A, 1998.
[11]
En el marco de una
investigación sobre “Uso del tiempo y el espacio urbano: asimetrías sociales y
de género”, dirigido por la Arq.
Ana Falú. CONICOR 4217/97.
(Año 1998).
[12]
Según sus declaraciones, “él” es el que “ordena” la casa, en cuanto impone
orden, reglas acerca de cómo son las cosas y como deben serlo, “él es así, un hombre grande, odioso,
jodido... le gusta tener todo impecable y ordenado, no quiere ver ni un
papelito en el piso, no va a creer... pero él no es capaz de tomar un mate si
antes no está todo hecho”. Ramón es quien administra el presupuesto y toma
las grandes y pequeñas decisiones relativas a los gastos familiares: qué
comprar (desde los muebles hasta la comida),
dónde comprar, qué debe esperar, etc.
[13] Vigilar y
controlar sus juegos, vestirlos, asearlos, preparar la mamadera o dar de mamar,
darles de comer en la boca, cambiar los pañales, cortarle las uñas, juntar los
juguetes, etc.
[14] Ramón compra los sábados la carne, la verdura y la
fruta, y las cosas de almacén para toda la semana. El pan y la
leche se compra todos los días y es tarea de Claudia: luego de levantarse,
tomar unos mates con su esposo, poner en funcionamiento el lavarropas y
levantar y darles el desayuno a los hijos, va hasta un negocio cercano a
adquirir esos alimentos.
[15]
Claudia prepara la comida para ella y los niños al mediodía, una cantidad
suficiente como para que quede para la noche y, de ser posible, que aún sobre
una porción para que Ramón lleve como vianda para su almuerzo. [16] Aquí, lo más importante es acondicionar el improvisado “calentador eléctrico”, fabricado con alambres que envuelven un ladrillo (“es para cuidar la garrafa, que dure más”, utilizando electricidad, que no se paga) que suele ser una tarea que lleva algún tiempo, y, a veces, si se corta la luz en medio del trabajo, hay que resignarse a prender la cocina y continuar allí la cocción. |
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