|
La reconstrucción del estado mirada desde la
cuestión democrática
Osvaldo Iazzetta
Universidad Nacional de Rosario
1. Introducción:
Luego de varias décadas en las que fue concebido como “solución”, en la
segunda mitad de los ochenta, el estado pasó a ser considerado un “problema”
para afrontar el nuevo ciclo de desarrollo. La idea de “modernización”,
asociada desde la segunda postguerra a la intervención activa del estado,
pasó a identificarse, bajo el furor anti-estatista de los ochenta, con un
ideario que reclamaba su retirada en favor del mercado.
En nombre de este ideario, nuestra región emprendió profundas reformas
económicas (privatizaciones, desregulaciones, apertura económica, etc.) que
produjeron una colosal redefinición de las fronteras entre estado y mercado.
Conviene recordar, que tales reformas no han resultado neutras en términos
de poder económico. El reemplazo de monopolios estatales por otros privados
que resultó de las privatizaciones, generó un polo de poder privado que
dispone de una enorme capacidad regulatoria sobre mercados decisivos. Al
mismo tiempo, al convertir al mercado en máxima instancia de regulación, se
subordinó la distribución de bienes públicos como la salud, educación y
seguridad social a sus reglas, como si se tratara de bienes mercantiles y no
de derechos que deben ser garantizados por el simple hecho de participar en
una comunidad de ciudadanos.
De modo que la corta experiencia transcurrida bajo el influjo del
neoliberalismo señala su fracaso en el intento por reorganizar la
coordinación social en torno a la racionalidad del mercado, pues ésta, por
sí sola, resulta incapaz de sustentar un orden social y una orientación
comunitaria que favorezca la integración social. Ello explica, como sugiere
Lechner (1997), que en poco más de una década nuestros países hayan pasado
del descubrimiento del mercado al redescubrimiento del estado.
Atenuado el furor anti-estatista, son los mismos organismos multilaterales
de crédito que impulsaron las reformas (FMI, Banco Mundial), los que hoy
pregonan la necesidad de montar estados fuertes, como prerrequisito para
edificar una economía robusta. Estas instituciones, que cubrieron un papel
decisivo en el impulso de estas políticas económicas, hoy reflexionan con
sentimientos ambivalentes acerca de los resultados de las políticas
recomendadas, aceptando que hubo vandalismo al impulsar la reducción del
estado. En un informe de 1997, el Banco Mundial ha sido categórico al
admitir que “...se podaron muchas veces las ramas sanas junto con las secas”
(1997:26). En otros términos, se trató de una poda indiscriminada que en
muchos casos, concluyó suprimiendo las partes “sanas” del estado.
Si en los años ochenta, tras el quiebre del consenso keynesiano, el péndulo
se movió desde el estado al mercado, en la segunda mitad de los noventa,
asistimos a un nuevo movimiento pendular que reinstala a aquél al tope de la
agenda de discusión teórica y política. “Recuperar al estado”, ha pasado a
ser, por consiguiente, una opción política aceptable[1].
Aunque, asumiendo diferentes énfasis y alcances, podemos advertir un
creciente consenso en torno a la necesidad de “reconstruir el estado”. Sin
embargo, los puntos de partida y los derroteros transitados para arribar a
esa revalorización son divergentes.
Podemos distinguir al menos tres posturas de acuerdo al elemento que
privilegien en esa tarea de “reconstrucción” del estado: una revaloriza al
estado tras constatar las “fallas del mercado” para asegurar el desarrollo
económico; una segunda lo reivindica como mecanismo restaurador de justicia
social y una tercera redescubre a aquél tras reconocer sus estrechas
conexiones con la democracia. Si bien los elementos que cada una privilegia
son integrables, permítasenos simplificar su presentación a los fines de
remarcar sus diferencias y contrastes.
Las dos primeras coinciden en caracterizar al estado como una herramienta
para alcanzar el desarrollo económico –en el primer caso- y social –en el
segundo- tras constatar las limitaciones del mercado para generar
crecimiento y distribuir de manera eficiente los recursos. La tercera en
cambio, advierte que no puede haber democracia sin estado, de modo que no
está guiada por una concepción “instrumental” del estado sino por entender
que la democracia no puede realizarse plenamente como tal sin aquél.
Si en las dos primeras posturas la reconstrucción del estado constituye un
prerrequisito para el desarrollo económico y social, en la última en cambio,
aquella forma parte de una tarea democrática y, por tanto, es inseparable de
la propia reconstrucción de la democracia. Sin desestimar la revalorización
del estado contenida en las dos primeras posiciones, a nuestro entender, su
recuperación no puede evaluarse únicamente en sus propios términos, sino
especialmente, a partir de su contribución a la mejora de la
institucionalidad y calidad democrática.
Las posturas expuestas sustentan conexiones causales que no sólo expresan
posiciones teóricas divergentes sino también matrices políticas e
ideológicas diferentes que arrojan implicancias prácticas disímiles.
El propósito de esta ponencia es revisar críticamente la agenda de discusión
pública sobre la “reconstrucción del estado” –representada en estas tres
posturas- adoptando como punto focal la relación estado y democracia.
2. La revalorización del estado como condición para el desarrollo económico
Tras la implementación de las reformas económicas que invocaban al Consenso
de Washington, asistimos a una “rehabilitación” del estado que anuncia la
emergencia de un consenso post-Washington[2].
Este acuerdo puede verse reflejado en un nuevo clima intelectual y político
impulsado desde el Norte, que no sólo se traduce en las posiciones asumidas
por los gobiernos socialdemócratas europeos actuales[3], sino especialmente
en el Informe del Banco Mundial del año 1997, que, no obstante adoptar el
título El Estado en un mundo en transformación, originalmente fue denominado
“La reconstrucción del Estado”, manteniendo esa inspiración básica en su
versión definitiva [4].
La constatación de ciertas “fallas del mercado” ha inducido a revalorizar
funciones reguladores del estado soslayadas y subestimadas durante la
primera generación de reformas impulsadas por estos mismos organismos
multilaterales. Esta recuperación del estado si bien contiene una valoración
de aspectos institucionales y políticos no contemplados en las concepciones
reformistas iniciales, aún permanece centrada en la meta del desarrollo
económico y social, admitiendo que no basta apartar al estado del camino
para generar un fuerte crecimiento y una distribución eficiente de los
recursos. Tras aceptar las “fallas del estado” hoy se constata que la raíz
del problema no reside en lo mucho que ha intervenido el estado en distintas
áreas sino en lo poco que lo hecho en otras. En algunas ocasiones, como bien
ha descripto Stiglitz (1998) al cuestionar las versiones más dogmáticas del
Consenso de Washington, el verdadero problema fue la falta de intervención
gubernamental, tal como lo ejemplifica, la crisis financiera desatada en el
Sudeste Asiático. Aceptadas estas “fallas del mercado”, la discusión ya no
sería si el estado debe intervenir, sino cómo debe intervenir.
Junto a este giro conceptual respecto a la intervención del estado, podemos
observar una valorización de las instituciones gubernamentales, de las
capacidades administrativas y técnicas del estado y de la “estabilidad
política”, entendida como “una condición para el desarrollo económico
exitoso a largo plazo”[5].
Las conceptualizaciones que fundamentaron las reformas pro-mercado en los
ochenta redujeron al estado a su dimensión económica, ignorando que ésta
representa tan sólo un aspecto de su relación con la sociedad. No obstante,
es justo aceptar que esta idea de “reconstrucción” del estado, pese a que
aún privilegia las metas económicas, conlleva una ampliación de sus alcances
conceptuales.
Aquel reduccionismo económico ha sido subsanado parcialmente considerando al
estado como un aparato institucional cuyas capacidades técnicas y
administrativas merecen fortalecerse para implementar exitosamente sus
políticas públicas. Este énfasis permitió revalorizar ciertas áreas del
estado que la furia neoliberal arrasó sin considerar su importancia para el
propio funcionamiento de los mercados y el desarrollo económico. Esta
revisión curiosamente provino de los propios organismos multilaterales de
crédito que habían alentado el ajuste, apoyándose en esta ocasión en los
aportes teóricos del neo-institucionalismo. Si bien la mirada del estado es
más amplia, superando el reduccionismo económico del primer momento, ésta
aún sigue anclada en las condiciones y capacidades que debe reunir el estado
para asegurar el éxito de sus políticas. Sin desmerecer esta ampliación,
ella permanece centrada en definir ciertos requisitos que aseguren la
viabilidad y sustentabilidad de ciertas políticas económicas.
En cuanto a la democracia, ésta es revalorizada y ello no es cuestión menor
si se compara con otros contextos en que estos organismos se interesaban
primordialmente por la efectividad de los procesos de reforma sin reparar
suficientemente en el tipo de régimen político que los enmarcaba.
Tras probarse que ciertas políticas económicas pueden ser viables en
contextos democráticos [6], esa prescindencia parece haberse disipado,
aunque de todas maneras, algunos indicios nos autorizan a mantener algunas
reservas respecto a su valoración de la democracia. En algún sentido podría
plantearse que ésta aparece como una condición ambiental indispensable para
asegurar el éxito y la sustentabilidad de otras metas más elevadas, en este
caso de índole económica.
Superando la estrecha concepción economicista del estado que exhibió en los
ochenta, hoy el Banco Mundial asigna una importancia crucial a las
condiciones políticas e institucionales para la implementación de las
políticas de desarrollo económico y para el propio funcionamiento de los
mercados[7]. La reconstrucción del estado hoy aparece asociada a la
edificación de ciertas condiciones políticas e institucionales condensadas
en la idea de “buen gobierno” (good governance) que señalan una
jerarquización del marco jurídico e institucional que rodea a la actividad
económica[8].
Si bien ello indica un saludable replanteo en la conceptualización del
estado, ésta aún contiene algunos rasgos que merecen una observación más
detenida. No deja de resultar auspicioso que estos organismos ofrezcan una
noción ampliada del estado reclamando transparencia en las políticas
públicas, profesionalidad en sus cuadros administrativos, imperio de la ley,
responsabilidad del Ejecutivo ante los organismos de contralor y
participación de la sociedad civil en las decisiones públicas. Sin embargo,
todos estos aspectos que sin duda integran una agenda de discusión
impostergable, constituyen a nuestro entender, parte de una tarea
democrática y no únicamente –como pareciera desprenderse de los informes del
Banco Mundial- prerrequisitos para un desarrollo económico exitoso.
Es claro que aquí la democracia, tanto como el estado, aparecen concebidos
como una variable dependiente del desarrollo económico y no revela demasiado
interés en valorar a la democracia en sí misma. Desde luego resulta más
aceptable que el Banco Mundial hoy esté pensando en este registro, sin
olvidar claro está, que concibe una conexión de causalidad que tiene al
desarrollo económico como norte privilegiado[9].
En este mismo sentido, algunos análisis críticos de los últimos documentos
del Banco Mundial aunque no desdeñan la ampliación de su mirada, tampoco
dejan de interrogarse acerca de la real cabida que ésta reserva a problemas
como la desigualdad social. Dichas críticas señalan que en tales informes la
competitividad y la eficiencia parecen constituir “...fines en sí mismos, y
no medios para lograr cuotas más elevadas de bienestar social y desarrollo
humano”[10].
Del mismo modo, ¿por qué habríamos de confiar en que tales organismos están
movidos por un genuino interés de perfeccionar nuestras democracias?
Si reparamos en los criterios selectivos que en la práctica parecen guiar su
evaluación de los países democráticos, aún es posible albergar cierto margen
de reserva. En efecto, aunque es notoria su inquietud frente a la corrupción
y la inseguridad jurídica de nuestros gobiernos, y su alarma por el marco de
incertidumbre que ello genera para los capitales extranjeros sensibles y
volátiles, esa actitud ha coexistido con cierta tolerancia frente a otras
manifestaciones de deterioro de la institucionalidad democrática, siempre
que éstas no afecten directamente la actividad de tales inversiones.
Algunas experiencias regionales –como el autogolpe de Fujimori en Perú-
sugieren que es posible concretar severas transgresiones institucionales y
al mismo tiempo disponer de “un alto grado de impunidad internacional” si
sus políticas económicas cuentan con la bendición de los actores nacionales
e internacionales que más importan (véase O’Donnell, 1997: 346). Ello enseña
que es perfectamente compatible bregar por una mayor seguridad jurídica para
las inversiones desentendiéndose de otras manifestaciones de bastardeo de
las instituciones democráticas que, aunque no resulten menos alarmantes en
términos de inseguridad jurídica e institucional, no suscitan la misma
preocupación y reacción en estos organismos. Este es un aspecto que también
debería ser tenido en cuenta por los organismos multilaterales de crédito.
En tal sentido es correcta y oportuna la insistencia de Moisés Naim (1998)
en la “volatilidad institucional” creciente que se refleja de modo
arquetípico, en los cambios del formato constitucional para favorecer la
reelección de presidentes en ejercicio (Menem, Cardoso, Fujimori). En
América Latina, vaticina Naim, “las nuevas sorpresas más bien estarán
vinculadas a la volatilidad institucional” antes que a la fiscal, monetaria
o cambiaria. En consecuencia, sería conveniente propender a una lectura
institucional más integrada y –menos esquizofrénica- de nuestros procesos
democráticos, superando cierto reduccionismo que tiende a privilegiar el
“clima” y “seguridades” exigidas por los inversionistas.
3. El estado como garante de la justicia social
Otra recuperación enfática del estado se advierte actualmente en ciertos
discursos políticos de cuño neopopulista, que si bien reclaman políticas
activas en materia económica, acentúan primordialmente el papel del estado
como un instrumento destinado a “restaurar” la justicia social arrasada por
las reformas económicas pro-mercado. No ponemos en cuestión que el estado
actúe como una instancia decisiva de coordinación y cohesión social, pues no
cabe duda que la ciudadanía efectiva sólo está al alcance de aquellas
personas que disfrutan un mínimo de seguridad material, educación y acceso a
la información. Sin embargo, privilegiar esta responsabilidad sin resguardar
otros componentes garantistas del estado democrático, tal vez permita
alcanzar esta legítima reparación social al riesgo de reproducir y
fortalecer, simultáneamente, ciertos ingredientes paternalistas,
clientelistas y particularistas –ya presentes- que comprometerían aún más la
deteriorada calidad institucional de nuestras democracias.
En cierto modo, se adscribe a la idea de que la legitimidad sustantiva del
régimen democrático reposa en la equidad social que éste pueda garantizar y
que las urgencias que esta tarea impone, justifica una respuesta
paternalista del estado aunque menoscabe la autonomía individual de sus
beneficiarios.
Sin embargo, afrontar el tema de la justicia social desde una perspectiva
democrática exige, entre otras cosas, tener presente la “autonomía” de los
ciudadanos. Si la ausencia de ciudadanía social nos conmueve, no es sólo
porque ofende a la dignidad humana sino porque también socava las
posibilidades de aquéllos de actuar autónomamente en su relación con otros
ciudadanos y con el estado[11].
La carencia de ciudadanía social priva a los hombres de esa autonomía y los
empuja a relaciones clientelistas y de patronazgo, sin embargo, la
superación de ese déficit no podría ser paternalista pues aunque pueda
significar una mejora en las condiciones de vida de los ciudadanos, no
mejoraría en cambio su autonomía frente al estado que lo asiste.
El verdadero desafío reside por consiguiente en construir una sociedad más
justa y hacerlo democráticamente. Desde una perspectiva democrática esa
recuperación de derechos sociales, si pretende conjugarse con una mejora de
las instituciones democráticas no debería lograrse en desmedro de otros
derechos que aseguran una ciudadanía plena. Es por ello que acierta
O’Donnell (1997b:57) al plantear que “...una lucha eficaz pasa por
garantizar los derechos civiles de toda la población, entre otras cosas,
porque una tarea de justicia social no podría ser paternalista. La
posibilidad a largo plazo, pasa por lo que en los países anglosajones llaman
empowerment, esto es, la adquisición de poder propio por parte de los
sectores populares”[12].
De manera que la ciudadanía social mantiene afinidades con la democracia si
favorece su emancipación y autonomía. En este sentido, Bustelo distingue dos
modelos alternativos de ciudadanía de los que derivan distintas formas de
entender la política social y la relación con el estado. Hay por un lado, un
modelo de ciudadanía asistida que entiende esencialmente a la ciudadanía
social como una “ciudadanía subsidiada” basada en una ética de compasión
cuyas políticas sociales se focalizan sobre la pobreza y los grupos
socialmente más vulnerables, formando “redes de contención”. Este modelo
mantiene fuertes afinidades con el viejo clientelismo electoral y
paternalismo social (de ciudadanía “tutelada” por un “lider”) que ha estado
tradicionalmente vigente en América Latina. (1998: 249).
Por otro lado, Bustelo distingue un modelo de ciudadanía emancipada que
reconoce otra tradición conceptual fundada en la preocupación por lo común,
por el interés del conjunto. En este modelo las personas no son “pacientes”,
es decir, objetos de tratamiento o intervención pública, sino actores en su
doble dimensión individual y societaria: la emancipación es individual ya
que los individuos son autónomos, pero a su vez todos forman parte de la
conversación a través de la cual se desarrolla una comunidad de argumentos:
por eso se trata de una emancipación democrática (251). Esta idea hunde sus
raíces en la concepción marshalliana que reivindica un tipo de igualdad
humana básico en la que los derechos de los miembros de una comunidad
proceden de la simple pertenencia a la misma. De modo que la expansión de la
ciudadanía y la emancipación de las personas pasa esencialmente por
profundizar la democracia y sus instituciones (273-274).
Como puede apreciarse, no se trata de resignar la idea de que el estado
cubra una tarea tanto en el orden económico como en el social -hoy por hoy
ineludible e impostergable- siempre que logren garantizarse aquellos
derechos que permitan mejorar la calidad del régimen democrático.
4. La reconstrucción del estado como parte de una tarea democrática
Frente a estas corrientes que postulan “reconstruir” el estado privilegiando
metas económicas y sociales, hay otras posturas que exhortan a encarar esta
tarea como parte de la “reconstrucción de la democracia”.
¿Cómo se arriba a esta revalorización del estado desde la democracia? Para
ello conviene reconstruir el itinerario transitado por la reflexión
democrática en las dos últimas décadas. En este sentido, resulta oportuno
recordar con Przeworski (1998a), que la reflexión teórica sobre la
democracia se centró en los ochenta en los cambios de régimen político (los
análisis sobre la transición y consolidación democrática absorbieron la
agenda de debate de esos años), desplazándose a fines de esa década a las
reformas orientadas al mercado, en el marco de la discusión sobre la segunda
transición, en este caso referida a la reforma de las instituciones
económicas legadas por el ciclo desarrollista.
En los noventa –añade Przeworski- los politólogos, comenzaron a advertir que
aquellas reflexiones padecían de una omisión flagrante pues se había pasado
por alto el tema del estado, otrora obsesión de líderes e investigadores.
Hoy se acepta que sin un estado efectivo no puede haber democracia y que el
régimen político democrático descansa sobre la estructura del estado[13].
Uno de los principales motivos de esta revalorización “democrática” del
estado reside en que, pese a que la democracia es un sistema de derechos
positivos donde todas las personas se convierten en ciudadanos, la mera
existencia de instituciones democráticas no genera automáticamente las
condiciones requeridas para el ejercicio de esos derechos y obligaciones:
sólo un estado efectivo puede garantizarlas y asegurar la realización
universal de la ciudadanía[14].
O’Donnell ya había planteado con contundencia esta conexión al enfatizar la
dimensión legal del estado democrático: “En tanto forma política efectiva
sobre un territorio, la democracia se relaciona necesariamente con la
ciudadanía, y ésta sólo puede existir dentro de la legalidad de un estado
democrático” (1993:172-173).
Poner el acento en el estado democrático implica postular una
conceptualización ampliada del estado y por lo tanto no reducir a éste a su
dimensión económica o a un mero aparato burocrático.
El reduccionismo económico de los ochenta ignoró que la dimensión económica
del estado sólo representa un aspecto de las relaciones que éste mantiene
con la sociedad pero que de ningún modo agota su contenido. Por
consiguiente, quienes abogan por superar este reduccionismo plasmado en los
programas de “reforma del estado” de aquellos años, también reclaman ampliar
la noción de estado, integrando diferentes planos y contemplando otras
tareas que valoricen sus potencialidades como instancia de coordinación
política y como síntesis simbólica de la sociedad (véase Lechner, 1996,
38)[15].
Cuestionando esas limitaciones, aunque desde otro ángulo, O’Donnell ha
señalado que es erróneo confundir al estado con su aparato burocrático e
ignorar otros componentes –como el sistema legal- que también forman parte
de aquél (1998). No cabe duda que el aparato estatal, o el conjunto de
burocracias públicas son parte del estado, pero no lo agotan. “El estado
–sugiere O’Donnell- también es, y no menos fundamentalmente, un conjunto de
relaciones sociales que establece un cierto orden y en última instancia lo
respalda con una garantía coactiva centralizada, sobre un territorio dado.
Muchas de estas relaciones se formalizan en un sistema legal surgido del
estado y respaldado por él. El sistema legal es una dimensión constitutiva
del estado y del orden que éste establece y garantiza en un cierto
territorio” (1993: 165-166).
Tanto el énfasis de O’Donnell como el de Lechner [16] en el estado, tienden
a resaltar componentes y funciones que han sido soslayados por las
conceptualizaciones dominantes en los años ochenta pero, en rigor no sólo
reclaman una expansión de este concepto sino también, a diferencia de las
“reconstrucciones” antes expuestas, también nos exhortan a abordar al estado
en conexión con la democracia.
De todas maneras, corresponde subrayar un matiz en la posición de O’Donnell.
En efecto, su énfasis en el estado democrático no sólo se distingue de
aquellos enfoques que privilegian el estado sin conectarlo a la democracia
como de aquellas otras vertientes que, aunque insospechadas por su adhesión
a la democracia, soslayan el papel del estado para tornarla efectiva.
El abordaje realizado por O’Donnell en los años noventa en torno al
componente estatal de la democracia, contenía una crítica a las
insuficiencias de la noción de “poliarquía” formulada por Dahl que ha
recibido un tratamiento más explícito y sistemático en sus trabajos
recientes (1998, 1999). En esta suerte de “crítica democrática de la
democracia”, O’Donnell ha señalado entre los principales “silencios de la
poliarquía” [17] la ausencia de referencia al estado. Por consiguiente, esta
postura no sólo resulta superadora respecto a las que procuran reconstruir
el estado sin entenderlo como parte de una tarea democrática, como también
respecto a aquellas otras que valoran al régimen democrático sin contemplar
al estado.
La relación estado/democracia en las últimas dos décadas
La relación entre ambos términos ha variado acompañando la “ola de ideas”
que ha sacudido a la noción de estado. Bajo el influjo de la corriente
neoliberal, se impuso la creencia de que “menor estado” implicaba “mayor
democracia”. El discurso privatista postulaba que el achicamiento del estado
contenía potencialidades democratizantes pues diseminaba en la sociedad
civil el poder económico concentrado en aquél. Sin embargo, las reformas
pro-mercado implementadas en nuestra región, nos han permitido constatar que
la reducción del estado, no necesariamente produce como contrapartida,
“mayor democracia”. El fortalecimiento de la sociedad civil prometido, en
rigor se tradujo en un aumento de poder de ciertos intereses privados
organizados, recubiertos bajo el eufemismo del “mercado”. Como ha sugerido
Torre, el desmantelamiento del garantismo estatal liberó recursos de poder
que fueron distribuidos de manera desigual, acrecentó las diferencias de
riqueza y de influencias preexistentes y aumentó la capacidad de negociación
de las elites económicas privadas, convirtiendo las nuevas reglas de juego
en la expresión institucional de unas relaciones de fuerza que les son
favorables (1998:125).
Cabe recordar que ciertas críticas formuladas oportunamente al discurso
neoliberal, advirtieron que el “estado mínimo” por el que esta corriente
abogaba, sólo generaría una “democracia mínima”. En efecto, la experiencia
regional mostró que era falaz el argumento que proclamaba que “cuanto menor
fuera el poder del estado, mayor sería la democracia”[18]. La experiencia
argentina reciente podría ofrecer algunas evidencias de que un estado no
demasiado poderoso puede coexistir con un muy bajo autogobierno de la
sociedad y bajo nivel de accountability.
Sin embargo, en los mapas cognitivos vigentes en los ochenta, el estado fue
reducido a su dimensión económica, tal como quedó condensado en la
concepción de reforma del estado que derivó de aquélla. En consecuencia ésta
sólo fue concebida como análoga a privatizaciones y transferencia de activos
estatales al sector privado, esto es, se la identificó con la reducción del
sector empresario comprendido bajo su órbita pero se ignoró que la dimensión
económica es sólo un componente del estado que no agota su contenido. De
modo que la reforma del estado no se reduce a una cuestión de tamaño, sino
también debe contemplar formas alternativas de “desestatización” que
posibiliten su “democratización”.
Desestatizar el estado también implica democratizarlo, esto es, ampliar las
posibilidades de control ciudadano sobre el proceso de toma de decisiones y
crear mejores condiciones de “autogobierno” por parte de la sociedad civil.
Si bien las privatizaciones fueron presentadas por el discurso neoliberal
como parte de un proceso de democratización que fortalecería la sociedad
civil –en Inglaterra el gobierno de Thatcher presentaba la “pulverización”
de los paquetes accionarios estatales como expresión de “democratización
económica”- ello no produjo mejores condiciones de autogobierno,
participación y transparencia en los procesos de toma de decisiones. El
proceso de privatizaciones –no sólo en el caso argentino sino también en
otras experiencias de la región- mantuvo fuertes afinidades con un estilo de
decisión unilateral que concentró amplios recursos de autoridad en el
Ejecutivo. Este patrón de decisión convivió a su vez con una creciente
adquisición de poder regulador por un puñado de grupos empresarios privados
que se beneficiaron con aquéllas transferencias. El poder superlativo
concentrado por estos grupos en nada se corresponde con la expectativa de
“democratización económica” alentada por el discurso neoliberal, y tampoco
creó mejores condiciones institucionales de autogobierno sino que, de la
mano del hiperejecutivismo, generó un debilitamiento de las instancias de
control republicano y un resurgimiento de formas neopatrimoniales con altos
ingredientes de corrupción que, consumadas las privatizaciones, ya no podrán
imputarse a la fuente estructural de corrupción emblematizada bajo la idea
de “gigantismo estatal”.
Una propuesta para reconstruir el estado democrático
Los efectos de la experiencia neoliberal no sólo nos ha permitido constatar
que un “estado menor” no genera necesariamente un “estado mejor”, sino
también que ello no produce per sé, más democracia. Como contrapartida, esta
lección autoriza a pensar que “un estado fuerte no tiene nada de
necesariamente antidemocrático” (Strasser, 1999: 107).
Por el contrario, el debilitamiento del estado no sólo amenaza su propia
integridad sino que reduce su capacidad para garantizar el ejercicio
efectivo de los derechos de ciudadanía, particularmente en las áreas de
protección policial, educación, salud y sostenimiento de ingresos (Przeworski,
1998a). De modo que lejos de debilitarlo es preciso fortalecerlo, y parte de
esa tarea reside en regenerar su capacidad para asegurar la provisión de
bienes públicos clásicos que acabamos de enumerar. Está claro que el estado
“fuerte” ya no es entendido en ninguno de estos casos como un sinónimo o
elogio de estado “grande”.
Existe consenso en aceptar que las distancias sociales se han agravado y que
nuestras sociedades son hoy más desiguales que las de los años ochenta.
También es preciso asumir que cerrar esta brecha social hace al interés
público y que ello requiere reconstruir la dimensión pública del estado como
expresión de un espacio común y compartido.
No cabe dudas que la recreación de la dimensión pública del estado contiene
un componente institucional que deberá fortalecerse conformando un cuerpo
administrativo competente y decente, preservando su autonomía frente a las
tentativas de colonización provenientes de los grupos privados y asegurando
un grado respetable de transparencia y accountability en sus actos. El
perfeccionamiento de este componente del estado permitirá atenuar el peso de
los intercambios particularistas y mejorar la calidad de nuestra democracia.
Sin embargo, la recomposición pública del estado no se agota en una
respuesta institucional sino que también requiere afrontar las implicancias
fiscales derivadas de la retirada de los sectores privilegiados en el
sostenimiento de los servicios públicos comunes. Esta suerte de desafección
de los grupos sociales con mayor capacidad de tributar desencadena un
círculo vicioso de difícil resolución: por un lado nuestras sociedades son
más desiguales y requieren una inmediata reconstrucción del estado para
proveer bienes públicos básicos, pero por otro lado, tal como sugiere
Przeworski (1998b) cuanto más desigual es una sociedad, más difícil es la
aplicación de impuestos a sectores privilegiados. “El resultado -concluye
Przeworski- es un estado pobre en una sociedad injusta”, lo cual debilita
sus posibilidades de garantizar una ciudadanía efectiva[19].
Este círculo vicioso desarrollado por Przeworski parece validado –aunque por
contraste- con el círculo virtuoso descripto por Marshall cuando, al reseñar
los orígenes de la ciudadanía social a fines del siglo XIX advierte que en
esa ocasión la reducción de la desigualdad fortaleció la demanda para su
abolición[20].
De modo que si la ciudadanía es un impulso hacia la igualdad, éste es mayor
cuanto más se reduce la desigualdad. Este círculo virtuoso –a menor
desigualdad, mayor demanda de igualdad- desalienta la posibilidad de
imaginar alternativas en una región señalada por los organismos
internacionales como la de mayor desigualdad en el mundo.
De todas formas, esta reconstrucción del estado no se logrará de la noche a
la mañana, y deberá encararse de manera constante e incremental
fortaleciendo aquellos componentes públicos que permitan recuperar la idea
de civilización como una posesión común, tal como sugería el mismo Marshall
en su recordada conferencia de 1949 (1997: 319).
Esto supone reconstruir el sentido cívico -entendido como pertenencia a una
comunidad- y también exige una voluntad de los sectores con mayor capacidad
de tributar de retomar un compromiso con lo público -lo común a todos-
abandonando la exclusión voluntaria [21] y el autoaislamiento defensivo que
compromete la provisión de bienes públicos por parte del estado [22].
Aunque sobran evidencias de que lo público hoy ya no se reduce a lo
estatal[23], resulta difícil imaginar el vínculo estado/democracia sin
restituirle la dimensión pública que ha distinguido a este complejo
institucional gestado por la modernidad.
Bibliografía
.BANCO MUNDIAL (1997), Informe sobre el desarrollo mundial 1997. El Estado
en un mundo en transformación, Washington, Banco Mundial.
.BRESSER PEREIRA, Luiz C. (1998), “La reforma del Estado en los años
noventa. Lógica y mecanismos de control”, Desarrollo Económico, Nº 150,
Buenos Aires, Ides.
.BRESSER PEREIRA, Luiz C. (1998), “La reconstrucción del Estado en América
Latina”, Revista de la Cepal. Cepal cincuenta años, Santiago de Chile,
Naciones Unidas/Cepal.
.BUSTELO, Eduardo (1998), “Expansión de la ciudadanía y construcción
democrática”, en Eduardo Bustelo y Alberto Minujin (Editores), Todos entran.
Propuesta para sociedades incluyentes, Santa Fe de Bogotá, Unicef,
Santillana.
.CARDENAL, Ana Sofía (1998) “Comentario: Beyond the Washington Consensus:
Institucional Matter”, elaborado por el Banco Mundial en 1998, Instituciones
y Desarrollo, Nº 1, Barcelona, Instituto Internacional de Gobernabilidad,
Pnud.
.GIDDENS, Anthony (1999), La tercera vía. La renovación de la
socialdemocracia, Madrid, Taurus.
.HABERMAS, Jürgen (1998), Más allá del Estado nacional, México, Fondo de
Cultura Económica.
.HIRSCHMAN, Albert (1996), Tendencias autosubversivas. Ensayos, México,
Fondo de Cultura Económica.
.HOBBES, Thomas (1994), Leviatán o la materia, forma y poder de una
república eclesiástica y civil, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.
.LASCH, Christopher (1995), A rebeliao das elites e a traiçao da democracia,
Río de Janeiro, Ediouro.
.LECHNER, Norbert (1996), “Reforma do Estado en conduçao política”, Lua
Nova, Nº 37, Sao Paulo, CEDEC.
.LECHNER, Norbert (1997), “Tres formas de coordinación social”, Revista de
la Cepal, Nº 61, Santiago de Chile, Naciones Unidas/Cepal.
.LECHNER, Norbert (1998a), “Condiciones de gobernabilidad democrática en
América Latina”, en AA.V.V., Chile 97. Análisis y opiniones, Santiago de
Chile, Flacso/Chile.
.LECHNER, Norbert (1998b) “Nuestros miedos”, Estudios Sociales. Revista
Universitaria semestral, Nº 15, Santa Fe, Universidad Nacional del Litoral.
.MARSHALL, Thomas H. (1997), “Ciudadanía y clases social”, Revista española
de investigaciones sociológicas, Nº 79, Madrid,
.MAZZUCA, Sebastián (1998), “Los silencios de la poliarquía”, Revista
Argentina de Ciencia Política, Nº 2, Buenos Aires, Eudeba.
.NAIM, Moisés (1998), “Comentario”, Pensamiento Iberoamericano, “América
Latina después de las reformas”, Volumen Extraordinario, Madrid, AECI, Cepal,
Banco Interamericano de Desarrollo.
.O’DONNELL, Guillermo (1993), “Acerca del estado, la democratización y
algunos problemas conceptuales. Una perspectiva latinoamericana con
referencias a países poscomunistas”, Desarrollo Económico, Nº 130, Buenos
Aires, Ides.
.O’DONNELL, Guillermo (1997a), “Pobreza y desigualdad en América Latina:
algunas reflexiones políticas”, en G. O’DONNELL, Contrapuntos. Ensayos
escogidos sobre autoritarismo y democracia, Buenos Aires, Paidós.
.O’DONNELL, Guillermo (1997b), “Hoy ser progresista es ser liberal, y
viceversa”, en Quiroga, H. y O. Iazzetta (Comps.), Hacia un nuevo consenso
democrático. Conversaciones con la política, Rosario, Homo Sapiens.
.O’DONNELL, Guillermo (1998), Polyarchies and the (Un) Rule of Law in Latin
America, Paper presentando al encuentro de Latin American Studies
Association, Chicago, Septiembre 1998.
.O’DONNELL, Guillermo (1999), Democratic theory and comparative politcs, The
Helen Kellogg Institute for International Studies, University of Notre Dame,
mimeo.
.ORLANSKY, Dora (1998), “Estados y bancos: una comunidad de políticas”,
Escenarios Alternativos. Revista de Análisis Político, Nº2, Buenos Aires.
.PRZEWORSKI, Adam (1998a), The State and the Citizen, San Pablo,
International Seminar on Society and the Reform of the State, mimeo.
.PRZEWORSKI, Adam et al (1998b), Democracia sustentable, Buenos Aires,
Paidós.
.ROSALES, Osvaldo (1998) “Reformas económicas y gobernabilidad en América
Latina”, Instituciones y Desarrollo, Nº 2, Barcelona, Instituto
Internacional de Gobernabilidad, Pnud.
.STIGLITZ, Joseph (1998), “Más instrumentos y metas más amplias para el
desarrollo. Hacia el consenso post-Washington”, Desarrollo Económico, Nº
151, Buenos Aires, Ides.
.STRASSER, Carlos (1996), “La democracia versus el poder”, Sociedad, Nº 8
Buenos Aires, Facultad de Ciencias Sociales/Universidad de Buenos Aires.
.STRASSER, Carlos (1999), “Identidad cultural y ciudadanía. La tensión
Iberoamericana”, Estudios Sociales, Revista Universitaria Semestral, Nº 16,
Santa Fe, Universidad Nacional del Litoral.
.TORRE, Juan C. (1998), El proceso político de las reformas económicas en
América Latina, Buenos Aires, Paidós.
.VELLINGA, Menno (1997), “El cambio del papel del Estado en América Latina”,
en Menno Vellinga (Comp.), El cambio del papel del Estado en América Latina,
México, Siglo XXI.
--------------------------------------------------------------------------------
[1] Véase Menno Vellinga, “El cambio del papel del Estado en América
Latina”, en Menno Vellinga (Comp.), El cambio del papel del Estado en
América Latina, México, Siglo XXI, 1997.
[2] Véase al respecto, el artículo del actual Vicepresidente del Banco
Mundial, Joseph Stiglitz, “Más instrumentos y metas más amplias para el
desarrollo. Hacia el consenso post-Washington”, Desarrollo Económico, Nº
151, Buenos Aires, Ides, 1998.
[3] Si bien hay documentos de los líderes europeos que definen algunos
lineamientos de la denominada “Tercera vía”, su versión académica ha sido
desarrollada recientemente por Anthony Giddens, La tercera vía. La
renovación de la socialdemocracia, Madrid, Taurus, 1999. Este sociólogo
inglés comparte la idea de que el estado debe ser reconstruido. “Los
neoliberales -señala Giddens- quieren reducir el estado; los
socialdemócratas, históricamente, han buscado insistentemente expandirlo. La
tercera vía sostiene que lo necesario es reconstruirlo –ir más allá de
aquellos derechistas ‘que dicen que el gobierno es el enemigo’ y de aquellos
izquierdistas ‘que dicen que el gobierno es la solución’” (1999: 86).
[4] Esta observación ha sido formulada por Luiz C. Bresser Pereira en “La
reconstrucción del Estado en América Latina”, Revista de la Cepal.. Cepal
cincuenta años, Santiago de Chile, Naciones Unidas/Cepal, 1998.
[5] Véase Stiglitz, ob. cit., pág. 717. La cursiva es nuestra.
[6] La experiencia de los últimos años probó que los regímenes democráticos
eran capaces de movilizar capacidades de gobierno necesarias para reformas
las instituciones democráticas. Ello forzó una revisión de la afinidad
postulada entre la puesta en marcha de grandes cambios económicos y los
regímenes autoritarios (véase Juan C. Torre, El proceso político de las
reformas económicas en América Latina, Buenos Aires, 1998).
[7] Ese cambio de postura ha quedado especialmente reflejado en el Informe
sobre el desarrollo mundial 1997 que lleva por título El Estado en un mundo
en transformación, Washington, Banco Mundial.
[8] Un interesante tratamiento acerca de la conexión entre ambos temas puede
hallarse en Dora Orlansky , “Estados y bancos: una comunidad de políticas”,
Escenarios Alternativos. Revista de Análisis Político, Nº2, Buenos Aires,
1998.
[9] Frente a esta expectativa conviene recordar algunas prevenciones
formuladas por Hirschman. En primer lugar nos señala que semejante
construcción da por supuesto que para que tenga lugar el crecimiento
económico es preciso un marco de prerrequisitos políticos asociados con un
régimen democrático en la confianza de que establecido ese marco, es
esperable que la economía adquiera una “vida propia”, sin necesidad de más
interacción entre las fuerzas económicas y políticas. “Pero esa interacción
existe obviamente sobre una base continua y necesita entenderse. En segundo
lugar, la utilidad de las proposiciones sobre los prerrequisitos políticos
del crecimiento económico es dudosa. La exhortación a los países que carecen
de “democracia” o de “paz” a actuar unidos y procurarse tales bendiciones no
es notablemente útil. Si un país es incapaz de poner fin a su guerra civil
para detener las matanzas, ¿es creíble que lo hará para alcanzar un mejor
índice de crecimiento?” El análisis de varios ejemplos históricos le permite
a Hirchsman afirmar una vez más que el progreso político y el económico no
están ligados entre sí de una manera fácil, directa y “funcional”. Hay
conexiones a intervalos y también conexiones exitosas no siempre repetibles
que parecen más trucos que la historia saca de la manga antes que
regularidades sociológicas, no digamos ya leyes. (Véase Albert Hirschman, en
Tendencias autosubversivas. Ensayos, México, Fondo de Cultura Económica,
1996, cap. XIX “La conexión a intervalos entre el progreso político y el
económico”).
[10] Véase el comentario de Ana Sofía Cardenal al artículo Beyond the
Washington Consensus: Institucional Matter, elaborado por el Banco Mundial
en 1998, Instituciones y Desarrollo, Nº 1, Barcelona, Instituto
Internacional de Gobernabilidad, Pnud, 1998. Vale recordar que poner la
eficiencia sobre la distribución era también uno de los rasgos del programa
neoliberal que el Banco Mundial proclama estar superando.
Osvaldo Rosales también ha recordado en igual sentido la repentina inquietud
por las implicancias sociales del ajuste manifestada por Camdessus en
Argentina. El titular del FMI puso fuerte énfasis respecto a la necesidad de
incorporar con mayor vigor la preocupación por los resultados distributivos
en las reformas económicas, so pena de afectar la sustentabilidad política.
En rigor le preocupa que las implicancias sociales del ajuste malogren el
esfuerzo económico realizado y comprometan la sustentabilidad del ajuste en
curso (véase su artículo “Reformas económicas y gobernabilidad en América
Latina”, Instituciones y Desarrollo, Nº 2, Barcelona, Instituto
Internacional de Gobernabilidad, Pnud, 1998).
[11] En este sentido Guillermo O’Donnell ha señalado que “una ciudadanía
efectiva no consiste únicamente en votar sin coacción; es también un modo de
relación entre los ciudadanos y el estado, y de los ciudadanos entre sí. Es
una modalidad continua de relación, antes, durante y después de las
elecciones, entre individuos protegidos y potenciados por su condición de
ciudadanos” (Véase, “Pobreza y desigualdad en América Latina: algunas
reflexiones políticas”, en Contrapuntos. Ensayos escogidos sobre
autoritarismo y democracia, Buenos Aires, Paidós, 1997, pág. 348).
[12] En igual sentido se expresa Habermas cuando plantea la necesidad de que
nadie quede excluido del espacio público político, y para tener acceso a
éste es importante asegurar las condiciones fácticas que garanticen una
verdadera igualdad de oportunidades. Pero esto vale “no sólo para los
derechos de participación política, sino también para los derechos de
participación social y para los derechos de libertad privada; pues nadie
podrá actuar de forma políticamente autónoma si no le quedan garantizadas
las condiciones para que se produzca su autonomía privada” (Habermas, Jürgen,
Más allá del Estado nacional, México, Fondo de Cultura Económica, 1998:
167).
[13] Esta revalorización del estado desde una perspectiva democrática puede
verse retratada en Adam Przeworski et al, Democracia sustentable, Buenos
Aires, Paidós, 1998.
[14] Esta opinión aparece ampliamente desarrollada en el Capítulo 2
“Democracia, ciudadanía y estado” del volumen organizado por Przeworski.
Dicho capítulo ha sido elaborado sobre la base de un informe redactado por
O’Donnell, quien además ha sido uno de los principales impulsores de esta
compilación.
[15] Así Norbert Lechner aboga para que las reformas del estado de “segunda
generación” contemplen, junto al Estado Nacional y al Estado Social, su
carácter de Estado democrático (véase su artículo “Condiciones de
gobernabilidad democrática en América Latina”, en AA.V.V., Chile 97.
Análisis y opiniones, Santiago de Chile, Flacso/Chile, 1998).
[16] Conviene aclarar que en un trabajo reciente Norbert Lechner también ha
destacado el papel del estado en la producción y reproducción del orden
social. Lechner valora el papel del estado como productor de un orden
simbólico que defina un marco de referencia para la vida en común. El
“sentido de orden” que aporta el estado, no se reduce según este autor al
orden legal sino también se expresa en las múltiples convenciones sociales
que institucionaliza y garantiza (véase, “Nuestros miedos”, Estudios
Sociales. Revista Universitaria Semestral, Nº 15, Santa Fe, Universidad
Nacional del Litoral, 1998.
[17] Esta feliz expresión que condensa las críticas formuladas por O’Donnell
a la idea de poliarquía ha sido acuñada por Sebastián Mazzuca al reconstruir
el itinerario intelectual recorrido por aquél autor sobre este aspecto
(véase “Los silencios de la poliarquía”, Revista Argentina de Ciencia
Política, Nº 2, Buenos Aires, Eudeba, 1998).
[18] Véase Carlos Strasser, “La democracia versus el poder”, Sociedad, Nº 8
Buenos Aires, Facultad de Ciencias Sociales/Universidad de Buenos Aires,
1996. En esta misma dirección Strasser ha sugerido que la “democracia real
es mayor únicamente cuanto mayor es el poder popular, o cuanto mayor sea el
control ciudadano sobre un estado con régimen de gobierno democrático” (pág.
93).
[19] Según Adam Przeworski,“cualquiera sea la razón, parece que la capacidad
del estado para reducir la desigualdad económica y social es menor en las
sociedades en las cuales esta desigualdad es alta. Esto es un ardid de bajo
nivel: la alta desigualdad causa que el estado sea pobre, el estado pobre no
puede reducir la desigualdad (...) Y es demasiado pobre porque es incapaz de
cobrar impuestos al rico. El rico encuentra más efectivo comprar
privadamente diferentes servicios, ya sea educación, atención médica, acceso
al sistema judicial o policial, que pagar impuestos que sostendrían tales
servicios para todos” (véase, The State and the Citizen, San Pablo,
International Seminar on Society and the Reform of the State, 1998 mimeo).
.
.[20] “...los menos pudientes –describe Marshall- /comenzaron/ a disfrutar
de una civilización material que, por su calidad, difería de la de los ricos
menos que en ningún otro momento anterior. Todo esto alteró profundamente el
escenario en el que tenía lugar el progreso de la ciudadanía. Los
componentes de una vida civilizada y cultivada, antaño monopolio de unos
pocos, se pusieron progresivamente a disposición de las masas, que de esta
forma, eran animadas a extender sus brazos hacia los que todavía eludían
darles la mano. La reducción de la desigualdad fortaleció la demanda de su
abolición, al menos en lo que respecta al bienestar social” (véase Thomas H.
Marshall, “Ciudadanía y clase social”, Revista española de investigaciones
sociológicas, Nº 79, Madrid, 1997: 323. La cursiva es nuestra).
[21] Este fenómeno fue caracterizado acertadamente por Christopher Lasch
como la “rebelión de las elites”. “En vez de apoyar los servicios públicos
-señala Lasch-, las nuevas elites destinan su dinero a la mejoría de sus
propios enclaves cerrados en sí mismos. Pagan con placer las escuelas
particulares de los suburbios, la policía particular, los sistemas
particulares de recolección de basura; pero consiguieron librarse,
impresionantemente, de la obligación de contribuir para el tesoro nacional.
Su reconocimiento de las obligaciones cívicas no va más allá de sus vecinos
próximos”. Esta “rebelión de las elites” indica que las clases
privilegiadas, se tornaron independientes no sólo de las ciudades
industriales decadentes, sino de los servicios públicos en general. “Envían
a sus hijos a escuelas particulares, se protegen de emergencias médicas
ingresando a planes de salud sustentados por las empresas, y contratan
guardias de seguridad privados para protegerlos de la creciente violencia
que las amenaza. En verdad, se apartaron de la vida común” (Véase A rebeliao
das elites e a traiçao da democracia, Rio de Janeiro, Ediouro. 1995: 59-61).
[22] Es posible que para obtener un cambio de actitud deberíamos apelar a
los temores y al interés propio esclarecido de los privilegiados, aduciendo
que a mediano o largo plazo los propios privilegiados se perjudicarán si no
comienzan a enfrentar desde ya algunos aspectos de un problema dado.
O’Donnell sugiere que pese a sus aspectos positivos, las consecuencias de
estas apelaciones suelen ser limitadas y temporarias y sólo apelan al
interés particular de los privilegiados en lugar de reconocer un interés
público fundado en el reconocimiento de que todos los seres humanos
comparten una misma dignidad y un mismo derecho a básicas libertades y
recursos (1997: 338).
La teoría política clásica se ha ocupado de movilizar aquellos temores y al
propio interés esclarecido de los privilegiados, como lo prueban algunos
pasajes del Leviatán en los que Hobbes intenta justificar la necesidad de
que los súbditos acepten contribuir en el presente para afrontar emergencias
e incertidumbres futuras: “Todos los hombres –señala Hobbes- están por
naturaleza provistos de notables lentes de aumento (a saber, sus pasiones y
su egoísmo) vista a través de los cuales cualquiera pequeña contribución
aparece como un gran agravio; están, en cambio, desprovistos de aquellos
otros lentes prospectivos (a saber, la moral y la ciencia civil) para ver
las miserias que penden sobre ellos y que no pueden ser evitadas sin tales
aportaciones” (Véase Thomas Hobbes, Leviatán o la materia , forma y poder de
una república eclesiástica y civil, Buenos Aires, Fondo de Cultura
Económica, 1994, pág. 159).
[23] Luiz Bresser Pereira ha retratado la expansión de un vigoroso espacio
público no estatal en “La reforma del Estado en los años noventa. Lógica y
mecanismos de control”, Desarrollo Económico, Nº 150, Buenos Aires, Ides,
1998.
|